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Hace veinticinco años

 

Cardenal Baltazar Porras Cardozo:

 

El 11 de enero de 1997 tomó posesión de la nueva diócesis de Guarenas, desprendida del territorio de la diócesis madre Los Teques, Mons. Gustavo García Naranjo como su primer obispo, recibiendo la ordenación episcopal ese mismo día. La fecha de erección de la diócesis es del 30 de noviembre de 1996, pero es costumbre que entra en vigencia el día que toma posesión el obispo designado por el Papa. Le corresponde la parte oriental del estado Miranda y tiene como patrona a la Virgen de Copacabana. Felicitamos a su actual prelado, el segundo en la sucesión apostólica, Mons. Tulio Ramírez y al clero y fieles de esta populosa y pujante región mirandina, sufragánea de la Arquidiócesis de Caracas.

 

Esta fecha tiene para mí un sello muy especial. Terminada la ceremonia en la catedral de Guarenas nos dirigimos al almuerzo preparado para los asistentes. Con una delicadeza que admiro, el Nuncio Apostólico, Mons. Oriano Quilici me llamó aparte para darme la noticia de la muerte de mi papá, acaecida esa madrugada en la casa de las Hermanas Dominicas en Rubio, Edo. Táchira. Lo participó discretamente a los obispos quienes me dieron un fraterno abrazo, y partí para San Cristóbal, a fin de presidir las exequias y compartir con familiares y amigos. Me confortó la numerosa presencia del clero merideño que se trasladó para la misa exequial.

 

Siempre uno esta fecha a la muerte, el 7 de febrero de 1997, de mi tío, Raúl Porras, pues ambos, fueron entrañables hermanos, ejemplo para nosotros, sus hijos, por su parecido físico, distante solo dos años entre uno y el otro, con la curiosa coincidencia de que el cumpleaños de uno era el 28 de septiembre y del otro el 1 de octubre. En medio de ambos, el 29 era el cumpleaños de Mons. Miguel Antonio Salas, y en más de una ocasión, celebramos conjuntamente el de los tres, con alegría compartida en celebración que presidía Mons. Salas, seguida de una sencilla comida en la intimidad familiar.

 

Agradezco a mi buen Dios, el haber crecido en el alero de una familia de tradición cristiana, de costumbres austeras y sencillas, que heredamos de nuestros mayores y han sido norte en la realización de nuestras vidas. Siguen, ambos, muy presentes, como si estuvieran a mi lado, pues sus enseñanzas, más que con palabras, fueron con el testimonio y el acertado comentario dicho siempre con afecto, aunque se tratara de alguna corrección. Fueron verdaderos maestros de vida y de exigencia de rectitud. Detrás de bastidores, pues preferían el protagonismo de sus hijos. “Que no se le suban los humos, y si sucede, nosotros seremos los primeros en recordarle sus orígenes”.

 

Lo que hagamos por la consolidación de las familias como la primera y esencial escuela de la vida, es tarea ineludible. Hoy, día de paz en el corazón, el bálsamo de la fe se convierte en esperanza activa para bien del prójimo. La memoria de nuestros mayores es riqueza que debemos multiplicar para que los talentos den los intereses que nos abran las puertas del cielo.-

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