Lecturas recomendadas

Dependientes

Rafael María de Balbín:

La modernidad desconfía de cualquier dependencia. “Si el hecho de depender de otro se percibe como una negación de la libertad, toda relación auténtica y duradera se considera peligrosa. Los otros se convierten en un enemigo potencial. El hombre libre solo puede ser un hombre radicalmente autónomo e independiente, un hombre solitario, sin vínculo alguno. Vive encerrado en sí mismo. Por eso, a ojos de nuestros contemporáneos la dependencia de un padre y de una madre supone un obstáculo para la plenitud de la libertad”. (Card. IOSEPH SARAH . Se hace tarde y anochece. Cap. V: El odio al hombre).

Esta dependencia aparece claramente en la sociedad primera y básica, que es la familia. “No elegimos a los padres: los recibimos. Esta experiencia básica le resulta insoportable al hombre contemporáneo, que querría ser la única causa de todo lo que le ocurre y de todo lo que es. Piensa que el hecho de recibir es contrario a su dignidad. La educación que recibimos de nuestros padres se ve como una ofensa a una libertad concebida como auto creadora. Con más razón aún, la idea de recibir de un Dios creador nuestra naturaleza de hombres y mujeres pasa a ser humillante y alienante. De esta lógica se deriva la necesidad de negar incluso la noción de naturaleza humana o la realidad de un sexo que no nace de una elección (ibid.).

El rechazo de toda dependencia es una negación de la realidad  y un perjuicio para el hombre. “Creo que ha llegado el momento de liberar al hombre de este odio hacia todo lo que ha recibido. Para ello es preciso descubrir la verdadera naturaleza de nuestra libertad, que se desarrolla y se fortalece si se acepta la dependencia por amor. De hecho, todo amor crea una relación que es un vínculo, un don, una libre dependencia del objeto de nuestro amor” (Ibid.).

Tal rechazo  refleja lo que el Génesis presenta como el pecado original. «¿Cuál es el cuadro que se nos presenta en esta página?», se preguntaba Benedicto XVI en un discurso el 8 de diciembre de 2005. «El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que solo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir, que solo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta únicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte. Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad solo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Vivimos como debemos si vivimos según la verdad de nuestro ser, es decir, según la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre. Si vivimos contra el amor y contra la verdad —contra Dios—, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte».

Tiene que ver con ello el rechazo en diversos sectores culturales no ya sólo  del paternalismo sino también de la paternidad. Tal como  señala el Card. Sarah: “Creo que podemos otorgar un significado auténticamente teológico a la «muerte del padre» que reivindica cierta filosofía occidental. En realidad, se trata del antiguo deseo destructivo de no recibir nada de nadie para no deber nada a nadie. La dignidad del hombre consiste en ser fundamentalmente deudor y heredero. ¡Qué maravilloso, qué liberador es saber que existo porque soy amado! Soy fruto de la voluntad libre de Dios que, en su eternidad, ha querido mi existencia. ¡Qué confortador es saberse heredero de un linaje humano en el que los hijos nacen como el fruto más hermoso del amor de sus padres! ¡Qué fecundo es saberse deudor de una historia, de un país, de una civilización! No creo que haya que nacer huérfano para ser verdaderamente libre. Nuestra libertad solo tiene sentido si alguien distinto de nosotros le da un contenido gratuitamente y por amor. ¿Qué sería de nosotros si unos padres no nos enseñaran a caminar y a hablar? Heredar es la condición de una libertad auténtica”.-

(rbalbin19@gmail.com)

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