Opinión

El aire silente

Alicia Álamo Bartolomé:

A nosotros nos rodea siempre algo que no percibimos sino cuando nos falta, aunque sea por segundos: el aire. Presencia inapreciable sin la cual no podemos vivir sino escasos minutos.

Es lo mismo que Dios, la mayoría no se acuerda de Él, sólo en los momentos de peligro; de resto pasa inadvertido. Por eso a veces me parece que el aire es Dios.

Vivimos en él y sin él morimos. No tiene visión, ni figura, ni sexo, ni sonido ni aroma, ni gusto y, sin embargo, trae todo esto. Lo oímos cuando pasa entre los árboles, pero no es él quien suena, sino su escurrirse en el follaje; vemos lo que iluminan los rayos de luz a través suyo; nos trae aromas, sonidos diversos, voces, susurros. A veces es brisa fresca que alivia las altas temperaturas del verano.

Viene del mar, viene de la montaña, de donde toma características que invaden los sentidos. El aire siempre es amable, sólo nos atemoriza cuando se convierte en vendaval y entonces sí nos acordamos de Dios y pensamos en su ira.

Dios no es iracundo. Dios es amor pacífico. El aire tampoco, sólo se estremece en los avatares climáticos ajenos a sí mismo. Me gusta recordar este pasaje sobre Elías del Antiguo Testamento:

… Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la puerta de la cueva. Entonces oyó una voz que decía:

-¿Qué te trae aquí Elías? (1 Reyes 19, 11-13)

Dios no está en el estruendo sino en el silencio. El silencio del aire, allí nos escucha y nosotros lo escuchamos a Él. Su palabra es como el susurro de la brisa que experimentó Elías, llega quedo y apacigua. Dios nos motiva, pero no nos enardece. Nos conduce al heroico combate de nuestra misión cotidiana sin llamado de altavoces. Nos hace eficaces en el transcurrir de la vida corriente, sin bombos ni platillos. Sí, Dios es como el aire, de presencia escondida pero imprescindible.

¿Y nosotros qué? Queremos estar presentes y en primer plano, ser oídos y aplaudidos, dejar estela a nuestro paso. Unos más y otros menos, buscamos al menos el reconocimiento, cuando no la fama. Por eso está el mundo como está, caótico, porque manejan su destino mediocridades hinchadas de vanidad, que se creen ungidos para dirigir instituciones y países, apoyados en ideologías caducas que sólo tienen la gloria de sus repetidos fracasos en su afán de arruinar para gobernar.

En el planeta inquieto de amarguras se gritan consignas aterradoras contra la ley natural, la de Dios y la moral. Quienes protestan y quieren salvar los principios eternos, son convertidos en parias, despreciados y humillados. Parece que sólo tienen razón los que gritan más fuertes sus ideas aberrantes.

Hemos olvidado el silencio del aire, el silencio de Dios. Parafraseando a un pensador oriental, nos detuvimos a escuchar los ruidos del momento perdiendo así la música de lo eterno. Es hora de volver a esa mudez creativa, fértil, para que nazcan y crezcan ideas y acciones buenas. Sentir con san Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual B, la fecundidad espiritual de la música callada, la soledad sonora… (estrofa, 15).

Volver a nosotros: la humanidad. Ésta, con todos sus errores, ha ido remontado el porvenir, pasando las edades primitivas hasta llegar a la madurez de la civilización.

Si nuestra pobre condición nos ha hecho escribir una historia de avances pero llena de injusticias, discriminaciones y trágicos enfrentamientos, también hemos tenido grandes logros en la ciencia, la cultura, el arte, la tecnología.

Si el hombre ha sido capaz de conquistar el espacio y poner su planta en la luna, es porque hay algo de grandeza en él como hijo de Dios. Conoció el silencio del espacio, pero no comprendió su magnitud y trascendencia.

Es el infinito del Creador, en espera siempre de la finita respuesta humana: la transformación espiritual en la soledad individual de cada alma que, en comunión de amor con otras, nos llevará a la felicidad eterna.-

Alicia Álamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad MonteÁvila

Publicado originalmente en Pluma mirada en 360, el 21/07/2021

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