Opinión

República de los apodos

En medio de este panorama global, la situación interna del país exige una dosis urgente de cordura. Resolver el laberinto en el que se ha instalado la vida pública —marcado por la falta de estructura y el descontrol— debería ser una prioridad compartida por todos los sectores. Pero, en la práctica, el necesario acuerdo parece sistemáticamente eludido

Bernardo Moncada Cárdenas:

Vivimos, sin duda, tiempos de una extraña belleza. Complejos, incluso desconcertantes: conviven gestos de alegría multitudinaria y renovadas esperanzas con situaciones tan graves que hasta hace poco parecían impensables para la humanidad.

Hace apenas unos días, la imagen del globo terráqueo —contemplado por un quinteto de viajeros que culminaba un proyecto de carácter épico— devolvió a millones una percepción casi olvidada: la de una belleza compartida, frágil y extraordinaria. El asombro de sus protagonistas, expresado con palabras sencillas, parecía rendirse ante la evidencia de una creación que invita a la comunión entre los hombres.

En paralelo, por encima de la creciente pugnacidad que marca el “concierto” de las naciones, emerge la voz de un liderazgo inesperado. Papa León XIV ha convocado a más de mil cuatrocientos millones de católicos a renovar un impulso en favor de la paz. Su tono, firme pero conciliador, ha logrado trascender los límites habituales de la Iglesia. No es casual que haya sido invitado a dirigirse a la Unión Europea, un foro históricamente distante de lo religioso. En su figura converge un tipo de autoridad que despierta simpatía más allá de credos o fronteras. Incluso voces inicialmente reacias en su propio país han terminado por reconocer su ascendiente moral, en un giro que evidencia la fuerza de su presencia pública.

Sin embargo, ese horizonte de esperanza coexiste con una realidad inquietante: conflictos bélicos que amenazan con escalar, formas de pensamiento que erosionan referentes éticos básicos y gobiernos cuya conducta somete a poblaciones enteras a la precariedad, ante la impotencia —o indiferencia— de los organismos multilaterales.

En medio de este panorama global, la situación interna del país exige una dosis urgente de cordura. Resolver el laberinto en el que se ha instalado la vida pública —marcado por la falta de estructura y el descontrol— debería ser una prioridad compartida por todos los sectores. Pero, en la práctica, el necesario acuerdo parece sistemáticamente eludido.

Lejos de articular estrategias que conduzcan a la estabilidad, la convivencia y el bienestar —plenamente posibles—, las primeras décadas del siglo XXI han derivado en una suerte de guerrilla de egos. Resentimientos acumulados y pulsiones de poder se expresan, con frecuencia, en los términos más procaces. La burla y el sarcasmo han sustituido al argumento, alimentando una irritación que bloquea cualquier intento serio de reorganización.

Es en este contexto donde el lenguaje revela su degradación más evidente. Desde comienzos de siglo, el debate público ha sido sustituido progresivamente por una cadena de apodos que pretenden resumir —y descalificar— al adversario: “frijolito”, “escuálidos”, “majunche”, “filósofo del Zulia”. A ellos responden otros como “chaburros”, “alacranes” o “maburro”, a los que se suman nuevas etiquetas destinadas a quien hoy ejerce circunstancialmente la presidencia y a la aspirante a sucederla.

Este intercambio no es anecdótico. Configura, más bien, una cultura política en la que la descalificación sustituye al pensamiento. El apodo, eficaz en su brevedad, evita el esfuerzo de argumentar. Reduce la complejidad a una caricatura y convierte al interlocutor en un objeto de burla, no de debate.

En esta suerte de campeonato de pueril irrespeto, no resulta difícil advertir cuán lejos queda cualquier posibilidad de resolución. Allí donde el lenguaje se empobrece, también lo hace la política. Y cuando la política se reduce a un cruce de insultos, la sociedad entera paga el costo.

Frente a un mundo que ofrece razones tanto para la esperanza como para la preocupación, y ante la magnitud de la tarea interna que tenemos por delante, persistir en el ruido de los motes no solo resulta estéril: profundiza el abismo que impide un cambio necesario y urgente.

Recuperar la seriedad del lenguaje no es un gesto menor. Es, en última instancia, una condición para reconstruir el espacio común. Porque una sociedad no se entiende a sí misma a través del insulto, sino del sentido. Y sin ese sentido compartido, toda posibilidad de futuro se diluye. Quizá allí, en esa recuperación del lenguaje, se juegue una parte decisiva de nuestro presente.-

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