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Encuentros 32

Es una obligación de la Iglesia el volver a favorecer de nuevo el encuentro entre el hombre y la belleza de la fe

Nelson Martínez Rust:

 

¡Bienvenidos!

Habíamos dado por terminada nuestras reflexiones semanales sobre la “Teología litúrgica” que veníamos realizando para dar inicio a una serie de reflexiones sobre los sacramentos, cuando Su Santidad el Papa Francisco nos sorprende con un material que no debemos dejar pasar por alto. De cierta manera sintetiza y complementa con creces todos nuestros escritos semanales anteriores. Estamos hablando de la Carta Apostólica “Desiderio Desideravi” que fue publicada el 29 de junio del 2022 y tiene por objetivo: “…compartir…algunas reflexiones sobre la Liturgia, dimensión fundamental para la vida de la Iglesia” [1]. El documento había sido presidido por otro con fecha 16 de julio del 2021, también sobre el tema de la “Teología litúrgica”, llamado “Traditionis Custodes”. Este último documento, con fuerte componente polémico entre los fieles cristianos católicos que consideran un derecho el celebrar la litúrgica con el rito previo al establecido por el Concilio Vaticano II, tenía por objetivo el “proseguir aún más en la búsqueda constante de la comunión eclesial”. Para cumplir con esta finalidad se establecieron medidas restrictivas que incluían la abrogación de normas disciplinales tomadas por Juan Pablo II y Benedicto XVI. El documento carecía y, por consiguiente, exigía un contexto teológico previo. “Desiderio Desideravi” viene a llenar ese vacío anterior.

Consideramos el documento “Desiderio Desideravi” necesario y oportuno, no solo por su carácter litúrgico sino también eclesiológico. No tenemos el tiempo y el espacio para un comentario en profundidad de la totalidad del documento, solo nos detendremos en algunos aspectos que consideramos interesantes. Un tema importante es el de “la belleza en la celebración litúrgica”. Sobre él queremos reflexionar [20-23].

¿De qué belleza se trata? El Papa desea aclararlo: “El redescubrimiento continuo de la belleza de la liturgia no es la búsqueda de un esteticismo ritual, que se complace sólo en el cuidado de la formalidad exterior de un rito, o se satisface con una escrupulosa observancia de las rúbricas…”  [22]. El Papa habla de un “asombro” que debe encontrarse y lograrse más allá del mero ritualismo: “Si faltara el asombro por el misterio pascual que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración. No bastan los esfuerzos…para una mejor calidad de la celebración, ni una llamada a la interioridad: incluso ésta corre el riesgo de quedar reducida a una subjetividad vacía si no acoge la revelación del misterio cristiano” [24]. Y más adelante el Sumo Pontífice señala: “Admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la Pascua de Jesús (Ef 1,3-14), cuya eficacia sigue llegándonos en la celebración de los “misterios”, es decir de los sacramentos” [25]. El documento habla de “belleza”, “asombro”, “admiración”, “plan salvífico de Dios”, “eficacia” y “sacramentos”. Por todo lo anteriormente citado debemos entender el término “belleza” como el asombro que se produce al meditar y contemplar la obra de salvación que Dios-Padre realizó y realiza en favor de los hombres por medio de su Hijo, Jesucristo – el Misterio Pascual – y que se hace presente en el tiempo y en el espacio, en el “hoy” de la humanidad, por medio de los sacramentos. Acción de Dios que reclama una respuesta positiva por parte de la creatura.

Viene a nuestra mente el salmo 45[44] que nos permite reflexionar y ahondar sobre la noción de “belleza” en el campo de la liturgia. En efecto, la tradición lee el v. 3 como una representación poética de la relación esponsal de Cristo con la Iglesia: “Eres la más hermosa de las personas, la gracia se derrama por tus labios, por eso Dios te bendice para siempre”. La Iglesia reconoce a Cristo como el más hermoso de los hombres. Con ello quiere significar que no es solo la belleza exterior, con la que se muestra el Redentor, la que es digna de ser glorificada, sino que, en Él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad Eterna, del Dios trascendente que debe y pide ser admirada. Él es la manifestación de la belleza del mismo Dios, por la cual somos atraídos hacia Él y, a la vez, siembra en nosotros el deseo de amarlo y de ser amado. Esa es la belleza que debe entregarnos la acción litúrgica.

En efecto, existen dos conocimientos:  1º. El conocimiento que nace de la instrucción, que de algún modo representa un conocimiento de “segunda mano” y no implica contacto directo con la misma realidad estudiada. 2º. También existe un segundo conocimiento que se puede y debe alcanzar por medio de la propia experiencia y de la relación directa – “manoseo” – con el objeto estudiado. En este caso, cuando hemos logrado alcanzar la experiencia de palpar y gustar al ser concreto, también logramos alcanzar “el amor” por objeto estudiado en la misma profundidad que él exige y merece ser amado. Por consiguiente, el verdadero conocimiento se produce cuando el investigador es alcanzado por “el estupor” que produce el objeto al ser conocido mediante la experiencia del contacto, de la relación. Y de este contacto, de esa relación nace “la Belleza” que hiere al hombre en la profundidad de su ser transformándolo en una nueva creatura. Esta es la “belleza” que debe alcanzar la celebración liturgica mediante el conocimiento de la experiencia. Es lo que le sucede al cristiano al verse tocado por la real y personal presencia del mismo Cristo en su vida. El hecho de ser alcanzado y cautivado por la belleza de Cristo produce un conocimiento más real y profundo que la mera deducción racional y va más allá de la simple estética. Ciertamente, no debe menospreciarse el pensamiento teológico que permanece necesario. La teología especulativa debe conducir a la “belleza” del encuentro.

El hombre de hoy debe volver a encontrar esa forma de conocimiento. Es este el conocimiento que inspiró a los grandes músicos, la construcción de las grandes catedrales góticas y las grandes manifestaciones artísticas. Es necesario tener en cuenta que este conocimiento no es solo un problema de teología, sino también de pastoral, ya que es una obligación de la Iglesia el volver a favorecer de nuevo el encuentro entre el hombre y la belleza de la fe – Jesucristo -.

 

Valencia. Julio 10; 2022

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