Lecturas recomendadas

Fases del mismo andar

(Señor del Aviento, capítulo XIX)

Alicia Álamo Bartolomé:

Algunas personas confunden la eficacia con la acción, pero si examinamos bien las cosas, a menudo encontramos lo contrario: pérdida de la eficacia por exceso de acción. Se gasta mucho tiempo en pasos mal planeados y atropelladamente ejecutados para alcanzar un fin, al cual se puede llegar más rápidamente con una larga reflexión previa y una corta acción posterior. Además se llega menos cansado, menos nervioso, menos confundido. Toda acción fecunda tiene la raíz de su crecimiento en una reflexión y un estudio previos. Esto sucede en las metas humanas y mucho más en las sobrenaturales.

Si pasamos rápida revista a las acciones de los santos que han dejado obras concretas, perdurables en el tiempo, encontramos que todos ellos fueron hombres y mujeres de oración, de contemplación. Solamente los ignorantes en materia religiosa contraponen acción y contemplación, porque en realidad son dos fases de un mismo astro y si a ver vamos, el astro es Dios como objeto.

En la propia Trinidad Beatísima nacen la contemplación y la acción, con una característica esclarecedora para nosotros: la contemplación es tan eterna como la Trinidad misma; la “acción de Dios”, fuera de su intimidad divina, es la Creación, es decir, actos en el tiempo creado. En su eterno presente, Dios se conoce, a sí mismo, y este conocimiento es el Verbo, segunda Persona y entre ambos se contemplan y se aman espirando esa corriente mutua de amor, el Espíritu Santo. Esto está sucediendo siempre, sin principio ni fin y así se cierra el círculo de la vida íntima de Dios, uno y trino, que es todo contemplación y vida en la simplicidad de la unidad. La acción es sólo un desbordamiento de ese amor donde la divinidad se aniega, es decir, una consecuencia de la una y triple, y una contemplación que impele entonces a actuar hacia afuera, a crear.

La Santísima Trinidad habita en nuestra alma en gracia y por una misericordia que no podemos comprender, en ese estrecho ámbito de nuestra miseria y temporalidad. Podríamos decir que se refleja, o se proyecta, o se contagia el proceso, con una respuesta de identificación y perfección mayor o menor, según las disposiciones del alma y su estadio de vida interior. El alma es un vaso frágil para contener tanta grandeza divina, pero mientras más certeza tiene de su fragilidad, menos confía en sí misma y así va eliminándose para ser toda en Dios. Sin embargo, tiene un gran peligro y no pocos lo han corrido resbalando en un precipicio destructivo.

Como el Señor da los dones para la labor que pide, de repente en el afán de ésta podemos ver en la inteligencia, la preparación, la destreza, la diligencia, el poder de persuación y tantos otros atributos que nos ayudan en la tarea, las vías suficientes para llegar al fin deseado, el cual puede ser, en un principio, del más puro y perfecto apostolado. El tiempo apremia, pensamos que Dios está impaciente porque se levante esa obra y funcione. Nos faltan horas para el trabajo y como es con éste como vamos a ver concretado el negocio, empezamos a restarle horas al “tiempo muerto” de la oración ¡Qué gran error!

¡Cuántas obras de apostolado de perspectivas excelentes se han derrumbado como hierro oxidado! Y es exacta la comparación, porque la falta de vida interior de sus promotores o animadores terminó por afectar la estructura, faltó el nimio de la oración. No se sostiene el árbol sin la raíz y cuando más crece y se expande su follaje más hondo se afinca ésta y se nutre de los ricos jugos ocultos en la tierra. Nunca podremos, decir que es inútil la raíz de un árbol porque no se ve, porque su trabajo es sin movimiento y escondido; como tampoco podremos decir lo mismo de los cimientos de un edificio. La oración, la contemplación, son eso: raíz, cimiento en Dios, que es quien hace crecer y producir la obra.

San José fue esas dos fases del mismo andar. Vivió tanto de los silencios de la oración y la contemplación, como del ruido de su martillo, de su sierra, de sus pasos. Es verdad que aparentemente tuvo una ventaja sobre nosotros: presentes casi siempre estaban los objetos más perfectos para la contemplación, Jesús y María. Sin embargo, la Redención no había sido realizada, no se había restaurado la unión del hombre pecador con su Creador; por eso no gozó como nosotros de la Eucaristía, sacramento de la unión y del amor. Estuvo más cerca que nadie, fuera de la Virgen, de Dios Hombre, pero no lo comió, privilegio nuestro a través del cual bebemos el agua viva en la contemplación. Agua que impulsa a la acción como la de los torrentes mueve las turbinas para producir la energía eléctrica.

Quien sabe si la suprema humildad exigida a José fue la de no comer a Cristo necesitándolo casi tanto como nosotros; casi, porque era mejor, sin duda, pero en principio, mortal y pecador. En cambio la Virgen, que no conoció el pecado, si sobrevivió para recibir la Eucaristía. José sentiría el hambre de Dios sin saber cómo se resolvía, sin presentir que existiría la posibilidad de la conversión del mismo Dios en alimento para la vida eterna.

Se confunden también quienes ven la vida contemplativa como un quietismo, por el contrario es ebullición. Si alguien se escuda en la contemplación para dejar de hacer, no es realmente un contemplativo a la manera cristiana. Las órdenes religiosas contemplativas católicas hacen mucho trabajo manual e intelectual, a ellas han pertenecido grandes escritores místicos y teólogos, además de contar entre sus silentes mienbros con finos artesanos y expertos agricultores. Desde fuera, los mal informados y apresurados para enjuiciar, podrán decir con frecuencia en son de crítica: ¿pero qué hacen? Mas si los vieran desde dentro, se asombrarían ante la laboriosidad infatigable que a su vez no regatea las horas de oración determinadas por la regla. Es una vida de entredós perfecto, donde la oración es la cinta entrelazada con el encaje del trabajo y éste se transforma también en oración. Esto es la vida contemplativa; por eso puede vivirse igualmente en los plenos afanes del mundo. Así vivieron los primeros cristianos y así también muchos de los tiempos actuales. Fases de un mismo andar; según las circunstancias y el carisma vocacional, una de las dos se ve más hacia afuera.

La oración es la búsqueda del rostro de Dios en el alma y la contemplación es el encuentro, pero en la vida interior quien comienza a buscar ya también empieza a encontrar. La búsqueda resulta con frecuencia difícil, por caminos ásperos, entre sombras, pero todo ello es buen indicio de andar por la vía correcta. La vida sobrenatural está bañada de una luz oscura que es la fe, la cual consiste precisamente en la iluminación de lo que no se ve, como bien la define San Pablo: “la sustancia de las cosas que se esperan, el argumento de lo que no se ve” 72.

A José de Nazaret lo vemos moverse en medio de esta luz oscura como buen contemplativo. Dios le habla en la incertidumbre del sueño; a la luz real del sol nada ve. Y sin embargo su certeza es absoluta en fe y entonces actúa. No habla el Evangelio que se quedara dándole vueltas a un asunto, siempre se dice “se levantó” y la expresión nos comunica la idea de inmediatez. El contemplativo activo tiene esa precisión para actuar: por un lado “lee” de la boca de Dios su voluntad, por otro, esa voluntad se hace la suya, entonces todo él es fuerza animadora. La manera de trabajar de estas personas asombra y se cree que es cuestión de temperamento, que tienen inmenso gusto humano en lo que hacen. Sólo si pudiésemos conocer la intimidad de esas almas sabríamos el mundo de contradicciones que han debido atravesar, venciéndolas, para fundar, para reformar, para atender al prójimo. El santo Cura de Ars soñaba con retirarse a una vida de oración y hasta intentó alguna vez escapar de su parroquia, pero fue alcanzado en su huida por sus mismos feligreses, viéndose obligado a regresar a su confesionario donde noche y día le esperaban miles de almas, buscándolo como lo que era por voluntad de Dios: cura de almas. Es en la oración donde él y tantos otros han encontrado la fuerza para hacer lo que no deseaban, para marchar a contrapelo en la realización de una obra querida por Dios. ¡Cuántos no se han sentido y se sienten como Jonás, sin voluntad para predicar a los ninivitas, huyendo aterrorizado! 73. En el vientre de la ballena de nuestras dudas, angustias y cobardías, alguna vez nos toca pasar tres días. Allí hasta la luz oscura de la fe parece abandonarnos.

José estuvo en ese vientre justamente cuando vio en el de María los signos inequívocos de su maternidad, de la cual él no era responsable. Si aquello era un plan de Dios, él, tan humilde, no se sintió digno de acompañarla. Debía abandonarla para que ella cumpliera su glorioso destino, pero la amaba, !qué dolor¡ esconderse en las profundidades de la ballena de su confusión y repudiarla en secreto. Tuvo que sufrir mucho el Patriarca en esa noche de su espíritu. Seguramente había cumplido cabalmente con la voluntad de Dios y sin embargo, se veía envuelto en tal aprieto. Nos puede suceder igual en algún momento de nuestra vida: haber puesto todos los medios legítimos, sin escatimar esfuerzos, para una misión por la gloria de Dios que nos ha sido confiada y encontrarnos de repente ante una confusión total de resultados. Todo parece derrumbarse, muere la ilusión que habíamos puesto en el proyecto, buscamos el rostro de Dios en nuestra alma y se nos oculta. El alma está en Sábado Santo: Cristo ignorado en el sepulcro, los sagrarios vacíos. Es entonces cuando más cerca está la resurrección.

Así es nuestro caminar por el terreno de nuestra vida interior. Para algunos este suelo es más fácil, sin mayores accidentes y con vías más directas. Para otros, quizás más cuanto más arriba suben, se atraviesan montañas a escalar; pero !cuidado¡, a menudo son sólo lomas que nuestra imaginación agiganta. José tuvo la suficiente presencia de ánimo para encarar esos ascensos porque actuaba en fe: había que repudiar en secreto, había que marchar a Belén, luego a Egipto, después regresar y torcer el rumbo. Todo se resolvió en el sueño, el pesebre, el levantarse con prontitud, el cambiar el destino y reinstalarse en Nazaret para seguir siendo, como siempre, carpintero, pobre, padre de familia, fiel de la sinagoga y maestro del Hijo de Dios.

Con las adaptaciones del caso, nuestro programa es el mismo.

 

72 – Epístola a los Hebreos 11, 1

73 –  Jonás 1 y 2

Foto referencias: masfe.org

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