Lecturas recomendadas

¿Ilusiones últimas o penúltimas?

 

Rafael María de Balbín:

Ya en el Antiguo Testamento preceptuaba Dios a los israelitas un ideal alto y exigente: Sed santos, porque Yo soy santo, el Señor Dios vuestro. La santidad, y no un mero programa reglamentario, es la meta que se proponía ya a los miembros del antiguo Pueblo de Dios. La santidad del hombre ha de ser un reflejo de la santidad del mismo Dios. Ciertamente es un deseo ambicioso, pero legítimo, basado en el mandato del propio Señor. De todos los afanes que el hombre puede proponerse, éste es el mayor.

La magnanimidad requiere un corazón que se proyecte hacia lo grande, de modo que toda la vida persona se mueva en ese horizonte. Es lo más opuesto a la pequeñez o estrechez del ánimo, al encogimiento pusilánime de quien se achica o acobarda ante las dificultades o ante las propias limitaciones. La verdadera grandeza de alma no es la ambición presuntuosa de quien carece de ubicación y sobrevalora sus posibilidades. Tampoco el afán de lucimiento personal, de conquista de aplausos, que es vanagloria.

El mandato de Dios se refería también al prójimo: Amarás a tu amigo como a ti mismo. La verdadera amistad exige salir de sí mismo, darse y no solamente dar. La ambición de los hijos de Dios es para servir: “Cuando te anime de veras el espíritu cristiano, tus afanes se rectificarán. Ya no sentirás ansias de conseguir renombre, sino de perpetuar tu ideal”  (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Surco, n. 610).

En la vida de los hijos de Dios hay una realidad digna del más profundo respeto y de la más grande ilusión. San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (…) Porque el templo de Dios, que sois vosotros, santo es. Si la dignidad de un templo -casa de Dios- es especialmente grande, más lo es el cuerpo y el alma de un hombre, en cuanto morada espiritual, y más empeño y solicitud por su santidad merece. El amor y el poder de Dios resplandece en la vida de los santos.

¡Qué importante es que seamos ambiciosos, que apuntemos suficientemente alto! Porque las dificultades y el peso del tiempo tienden ya demasiado a rebajar nuestros buenos deseos e ideales…”Deja que se consuma tu alma en deseos…Deseos de amor, de olvido, de santidad, de Cielo…No te detengas a pensar si llegarás alguna vez a verlos realizados –como te sugerirá algún sesudo consejero-: avívalos cada vez más, porque el Espíritu Santo dice que le agradan los <<varones de deseos>>.

            Deseos operativos, que has de poner en práctica en la tarea cotidiana”  (Idem, n. 628).

La Nueva Alianza propone ideales todavía más altos que la Antigua. Cristo es más exigente que Moisés. Pero con una sobreabundancia de gracia y  ayuda. No basta ya con querer a los amigos; hay que hacerlo también con los adversarios, en una siembra abnegada de bondad: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian.

Ésta es una ambición máxima: eliminar los males por inundación de bienes, no tener enemigos, ganar para Dios también a los que están alejados de Él. De esa manera nos semejamos al mismo Dios y no hay límite para nuestras rectas ambiciones; “Me hizo gracia tu vehemencia. Ante la falta de medios materiales de trabajo y sin la ayuda de otros, comentabas: <<yo no tengo más que dos brazos, pero a veces siento la impaciencia de ser un monstruo con cincuenta, para sembrar y recoger la cosecha>>.

            -Pide al Espíritu Santo esa eficacia…¡te la concederá!” (Idem, n. 616).

Para que las ambiciones no sean simples ensueños, veleidades ingenuas, hemos de poner medios eficaces, cotidianos, con tenacidad. “Vinieron a tus manos dos libros en ruso, y te entraron unas ganas enormes de estudiar esa lengua. Imaginabas la hermosura de morir como un grano de trigo en esa nación, ahora tan árida, que con el tiempo dará crecidos trigales…

            -Me parecen bien tus ambiciones. Pero, ahora, dedícate al pequeño deber, a la gran misión de cada día, a tu estudio, a tu trabajo, a tu apostolado y, sobre todo, a tu formación, que –por lo mucho que aún debes podar- no es tarea ni menos heroica, ni menos hermosa” (Idem, n. 617).

Dios pone alas a nuestra ambición, proponiéndonos una meta sublime que nuestras miserias no deben opacar ni empequeñecer: Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto.

Como el cultivo del árbol se muestra por su fruto, así, por la expresión de sus pensamientos, el corazón del hombre, dice la Escritura. Cuando vinimos al mundo podríamos ofrecer pocos frutos actuales, pero teníamos un dilatado futuro por delante. Un recién nacido tiene muchas potencialidades. Su desarrollo, su crecimiento y maduración irán haciendo que las promesas se conviertan en realidades. Las obras del hombre son como los frutos del árbol. Y la dificultad que supone hacer pasar un proyecto del pensamiento a la práctica es ocasión de maduración personal: El horno prueba las vasijas del alfarero, y a los hombres justos la tentación de la tribulación. No hay una real excelencia personal para quien va acumulando omisiones y se contenta con ensueños imaginarios.-

(rbalbin19@gmail.com)

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