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El cardenal Eduardo Pironio, beato

Cardenal Baltazar Porras Cardozo:

 

Noticia gratificante para Argentina, América Latina y el mundo entero. La beatificación del cardenal Pironio aprobada por el Papa Francisco no es un privilegio para un connacional del actual Pontífice. Es el reconocimiento a una vida trasparente, diáfana, esperanzada, preocupada por el bien de los demás, en el silencio de la oración amasada en su entrega total a su vocación. Siempre se consideró como un milagro del Señor, pues fue el último hijo, el vigésimo primero, de una madre que le pronosticaron el peligro de no poder dar más a luz después del primer parto. Hijo de inmigrantes italianos del Friuli, norte de Italia, nació, se crió, se formó como sacerdote en su Argentina natal.

 

Eduardo Pironio es uno de los pilares de la naciente teología latinoamericana surgida a raíz del Concilio Vaticano II, y sus escritos influyeron en muchos de los que nos formamos y vivimos aquellos primeros años postconciliares, a la luz del documento de Medellín (1968) del que fue impulsor, secretario general y luego presidente del CELAM. Sacerdote diocesano, pastoralista cercano a la gente sencilla y pobre, formador del clero, obispo, en medio de los difíciles años políticos de su tierra. Recibió amenazas por su vida pero impertérrito cumplió con su deber de pastor hasta que el Papa Pablo VI se lo llevó a Roma para que dirigiera la Congregación de Religiosos, a los que dedicó lo mejor de sí, entre 1976 y 1984, años difíciles en la vida consagrada en nuestro continente. El Papa Montini lo apreció mucho y lo convirtió en su confesor.

 

En el Pontificado de Juan Pablo II fue nombrado Presidente del Pontificio Consejo de los laicos (1984-1996), cuando pasó a retiro por edad. Las jornadas mundiales de la juventud fueron idea suya que trasmitió al Papa polaco. En homenaje a él, la segunda tuvo lugar en Buenos Aires en 1987, donde tuve la dicha de participar y entablar amistad con su familia en 9 de Julio y en la capital. Tuve el regalo de gozar de su amistad y cariño, recibir sus enseñanzas en la intimidad de su residencia en Roma y acompañarlo en varias ocasiones, gracias a la cercanía de él con la Congregación de las Hermanas de la Presentación de Granada. Su fiel secretario, el Padre Fernando Vergés, es hoy el cardenal Presidente del Governatorato del Vaticano y por mandato del Papa Francisco presidirá en Luján, donde reposan sus restos, la beatificación que tendrá lugar el 16 de diciembre próximo. Tuve el privilegio de dar mi testimonio en el proceso de beatificación y haber participado en el congreso que convocó el entonces arzobispo bonaerense, Jorge Mario Bergoglio, sobre su figura.

 

Sus escritos son un bálsamo en medio de las vicisitudes de la vida, transidos de esperanza trascendente, con una alegría que lo acompañó toda su vida. En su último cumpleaños, compartí misa y mesa, y la llamada del Papa para felicitarlo. Me despedí de él en la víspera de la Inmaculada de 1998. Le dije, nos veremos pronto porque tengo que volver a Roma a principios de febrero. Me respondió, tal vez no, nos veremos en el cielo. Llegué a la ciudad eterna el día siguiente de su muerte y pude participar en la misa exequial en la Basílica de San Pedro y escuchar el elogio del Papa Juan Pablo a su fiel colaborador.

 

Como latinoamericano siento cercana la santidad de nuestra gente y he vuelto a releer una de sus obras, Meditación para tiempos difíciles, bocanada de aire fresco en estos tiempos recios. Encomendémonos a su intercesión.-

47.- 8-11-23(3528)

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