Lecturas recomendadas

El mal en el mundo: el origen de la violencia en México

La ola de violencia en México ha cobrado, estos días, la dimensión de terrorismo. ¿Cuál es el origen de tanta violencia y qué podemos hacer para remediarla? Esta es la respuesta del Magisterio

Con la reciente captura y posterior muerte de Nemesio Oseguera, “El Mencho” (22 febrero 2026), se desató una ola de violencia y actos terroristas, perpetrados por miembros del Cartel Jalisco Nueva Generación en 20 estados de México, principalmente Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Tamaulipas. Al momento de esta publicación, estos delitos han cobrado la vida de unas 60 personas; casi la mitad de ellas, oficiales de grado militar.

Los hechos incluyen cerca de 270 bloqueos a vías de comunicación: carreteras y vialidades urbanas; casi 300 automotores incendiados (tráileres, camiones, autobuses y automóviles particulares); cerca de 100 comercios incendiados, así como numerosos tiroteos. El terror social ante tantos y tan graves delitos ha paralizado decenas de ciudades y poblaciones enteras, generando pérdidas económicas multimillonarias, muy difíciles de cuantificar.

narcotráfico violencia en mexico
Narco bloqueo en Jalisco el 22 de febrero d 2026 tras la captura y posterior muerte de Nemesio Oceguera

Ante estos hechos tan lamentables, cabe preguntarse la razón de tanto mal, de tanto odio, de tanta violencia terrorista. La Doctrina Social de la Iglesia es precisa al señalar su origen más hondo:

“La narración del pecado de los orígenes (cf. Gn 3,1-24), en efecto, describe la tentación permanente y, al mismo tiempo, la situación de desorden en que la humanidad se encuentra tras la caída de nuestros primeros padres. Desobedecer a Dios significa apartarse de su mirada de amor y querer administrar por cuenta propia la existencia y el actuar en el mundo. La ruptura de la relación de comunión con Dios provoca la ruptura de la unidad interior de la persona humana, de la relación de comunión entre el hombre y la mujer y de la relación armoniosa entre los hombres y las demás criaturas. En esta ruptura originaria debe buscarse la raíz más profunda de todos los males que acechan a las relaciones sociales entre las personas humanas, de todas las situaciones que en la vida económica y política atentan contra la dignidad de la persona, contra la justicia y contra la solidaridad”.

En efecto, la violencia es el síntoma, no la enfermedad. Esta última es la ruptura del hombre con Dios Padre, amor creador; Dios Hijo, amor redentor; y Dios Espíritu Santo, amor santificador. Romper, pues, con el Amor nos lleva, irremediablemente, al mal. Si echamos a Dios de nuestras vidas, nos llenamos del mal y así lo expresamos.

La libertad humana ante el mal

Contrario a lo que muchas personas creen y predican, la libertad ‘no alcanza’ para hacer lo que venga en gana, movida la persona por sus pasiones, caprichos y vicios que la esclavizan. La verdadera libertad lleva a optar por el bien más perfecto, el cual nos libera y humaniza. La Doctrina Social de la Iglesia señala a este respecto que no hay oposición entre libertad humana y dependencia respecto a Dios:

“La Revelación enseña que el poder de determinar el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios (cf. Gn 2,16-17). ‘El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer ‘de cualquier árbol del jardín’. Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación” 

(CDSI, n. 136; san Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 35).

En efecto, la fuente de la auténtica libertad es Dios, el cual, en la Divina Persona de Jesucristo, nos ha reintegrado en la comunión con Él y con los semejantes. En esta libre comunión no hay cabida para el mal.

El bien es posible y definitivo

La Palabra, la Tradición y el Magisterio moral y social de la Iglesia son coincidentes en la real posibilidad de alcanzar el bien y superar el mal. En efecto, “el sentido y el fundamento del compromiso cristiano en el mundo derivan de esta certeza, capaz de encender la esperanza, a pesar del pecado que marca profundamente la historia humana” (CDSI, n. 578).

Esta “esperanza encendida” no es, en modo alguno, evasión ingenua de la realidad, sino motor incansable del compromiso cristiano en el orden social. La paz es posible, sí, en la medida en que volvamos a Dios; y para ello es imprescindible el testimonio:

“Los cristianos, especialmente los fieles laicos, deben comportarse de tal modo que ‘la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente (cf. Ef 5,16; Col 4,5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8,25). Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos (Ef 6,12)’. Las motivaciones religiosas de este compromiso pueden no ser compartidas, pero las convicciones morales que se derivan de ellas constituyen un punto de encuentro entre los cristianos y todos los hombres de buena voluntad”

(CDSI, n. 579; Lumen Gentium, n. 35).

Luis Carlos Frías – publicado el 25/02/26-Aleteia.org

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba