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Política en Cuaresma, con mayúscula

Es necesario reivindicar la Política con mayúscula, la política no es simplemente la lucha por el poder, sino el esfuerzo por organizar la convivencia humana. Es el ámbito donde se deliberan las decisiones que afectan a todos y donde se busca construir condiciones justas de vida social

Bernardo Moncada Cárdenas:

«Lo que yo hago es una gota en el medio del océano, pero sin ella, el océano sería más pequeño» Santa Teresa de Calcuta

La política tiene mala fama. Suele asociarse con corrupción, ambición personal o manipulación del poder. Es explicable: la historia reciente ofrece abundantes ejemplos de degradación del ejercicio político. Sin embargo, identificar la política con sus desviaciones equivale a renunciar a uno de los instrumentos más importantes que posee la sociedad para ordenar la vida común.

De esa mala fama nace un fenómeno peligroso: la antipolítica, es decir, el rechazo extremista a la política y a quienes participan en ella; todo político es sospechoso y toda acción pública se presume corrupta. Pero la antipolítica encierra una paradoja: cuando se abandona la política, la vida pública queda precisamente en manos de quienes buscan sus propios intereses.

Por eso es necesario reivindicar la Política con mayúscula, la política no es simplemente la lucha por el poder, sino el esfuerzo por organizar la convivencia humana. Es el ámbito donde se deliberan las decisiones que afectan a todos y donde se busca construir condiciones justas de vida social.

La tradición cristiana ha subrayado esta dimensión moral de la política. San Juan Pablo II afirmaba que “la política es una forma eminente de caridad”. Esta frase, tantas veces citada, revela una intuición profunda: cuando la política se orienta al bien de todos, resulta una expresión del amor al prójimo. No se trata de caridad como gesto ocasional de ayuda, ¡sino de caridad social, capaz de transformar las estructuras de la convivencia!

Surge un concepto central: el bien común. La política sólo tiene sentido cuando se orienta hacia él. Y el bien común tiene una condición esencial: si no es común, no es bien. No puede llamarse bien aquello que beneficia únicamente a una facción, a un credo ideológico o a una minoría privilegiada. El bien común es el conjunto de condiciones sociales que permiten a todos vivir con dignidad desarrollando plenamente su persona.

En este punto se distingue la política de la antipolítica. La primera reconoce la necesidad de instituciones, leyes y responsabilidades públicas ordenadas al bien común. La segunda, al destruir la confianza en la vida pública, termina debilitando la posibilidad misma de una sociedad justa.

En la Cuaresma, esta perspectiva adquiere un significado particular. La tradición cristiana recuerda que este tiempo se sostiene en tres prácticas fundamentales: oración, ayuno y caridad.

La caridad cuaresmal suele entenderse como ayuda directa al necesitado, y ciertamente lo es. Pero también invita a preguntarse por las condiciones sociales que producen pobreza, exclusión o injusticia.

La caridad cuaresmal, por tanto, no se limita a la limosna. También implica el compromiso con la vida pública, con la búsqueda de estructuras más justas y con la responsabilidad de construir una sociedad más humana. En este sentido, la política puede convertirse en una dimensión caritativa.

Santo Tomás Moro, patrono de los gobernantes y políticos, ilustra esta unión entre conciencia moral y servicio público. Su vida recuerda que el poder político debe estar subordinado a la verdad y a la dignidad de la persona. Como él mismo expresó, el gobernante debe procurar ser “buen servidor del rey, pero primero de Dios”, afirmando así la primacía de la conciencia sobre el poder.

Esta perspectiva define responsabilidades para políticos y ciudadanos. Los políticos están llamados a ejercer su función como auténtico servicio al bien común, con sensatez, honestidad y sentido de responsabilidad histórica. Pero los ciudadanos no pueden limitarse a la crítica o al desencanto. La vida política necesita participación: informarse, deliberar, exigir transparencia y ejercer los deberes cívicos.

Cuando los ciudadanos se desentienden de la política, la democracia se debilita. Cuando participan con responsabilidad, la política puede recuperar su sentido original de servicio.

En el horizonte cuaresmal, ello adquiere una dimensión espiritual. La conversión que propone la Cuaresma no es únicamente interior; también invita a revisar nuestras responsabilidades sociales. La caridad cristiana no se limita al gesto personal de ayuda, sino que aspira a hacer más feliz la convivencia humana.

La reconciliación entre política y caridad no es ideal ingenuo. Es una exigencia ética y espiritual. Cuando la política se separa de la caridad, degenera en cálculo de poder. Cuando la caridad se desentiende de la vida pública, está ignorando las necesidades más humanas.

La política puede convertirse verdaderamente en lo que afirmaba San Juan Pablo: una de las formas más altas de caridad, porque busca algo que pertenece a todos y para todos: el bien común.-

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