Lecturas recomendadas

Principios de la integridad cristiana

La integridad en lo secreto – Lo que somos cuando no tenemos público

Rosalía Moros de Borregales:

Episodio 4

 

La integridad en lo secreto – Lo que somos cuando no tenemos público

 

“El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado.”

 

Todos sabemos el valor de la reputación, el gozo de tener un nombre limpio. La serenidad de un corazón que no nos reprende nos hace caminar con la cabeza erguida, sin temor, sin angustias. Construir este fundamento y reflejar esta imagen es una labor de toda la vida, es una siembra constante de la semilla del bien; son decisiones de cada día que van desde los actos más pequeños e intrascendentes hasta aquellas acciones que tienen repercusiones como una onda en expansión. En un mundo de filtros, donde se escoge la apariencia validada o esperada por otros, antes que mostrar el verdadero rostro, muchos logran captar la admiración de otros; sin embargo, cada quien sabe si en la intimidad, con su familia y, en los círculos más cercanos su vida se está desmoronando o, por el contrario, está construyendo una vida auténtica con coherencia entre la imagen que muestra cuando tiene público y la que muestra en los espacios invisibles: en las pequeñas decisiones que hacen la diferencia, en los pensamientos que alimentan errores ocultos, en el trato con aquellos más vulnerables, los que no pueden dar recompensas. La verdadera motivación para hacer el bien cuando no hay gloria que recoger, sino sacrificio que ofrecer, la fidelidad cuando no hay ojos vigilantes; en fin, quiénes somos cuando nadie nos ve.

 

La verdadera integridad se forma cuando vivimos con humildad delante de Dios, de acuerdo a sus mandamientos, buscando cada día su gracia para actuar con sabiduría y ser aprobados por Él en nuestro proceder. No obstante, cada día más son muchos los que deciden caminar en el espectáculo humano, mostrando vidas perfectamente editadas en las redes sociales, buscando aprobación constante de otros y validando, aún su fe, por lo que este o aquel expresan. Pero, como vimos en I Samuel 16:7 “Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que tiene frente a sus ojos, pero Dios mira el corazón.” De tal manera que, podemos hacer grandes esfuerzos para mostrar una imagen maravillosa, pero solo Dios sabe los que hay en nuestro corazón. Es la habitación secreta del alma, el aposento interior, la consciencia espiritual, el lugar donde se llevan a cabo las grandes batallas del ser humano. Es allí donde se superan las dudas, donde se decide el camino correcto. Porque la integridad cristiana no es un concepto abstracto. Como hemos dicho, en el cristianismo todo se define en el corazón. Y la integridad se ejercita allí, en la intimidad del hogar, en la amabilidad con la que tratas a tus hijos, en las conversaciones en la mesa, en como reaccionas ante el cansancio, en la escucha activa a tu cónyuge, en el servicio silencioso que das a los más vulnerables.

 

Así como Jesús nos mostró la espiritualidad del evangelio encarnada en la vida diaria: en el pan, en la sal, en las lámparas, en las monedas, en las viudas, en los hijos, en las bodas, en las semillas,  en los enfermos y en tantas otras situaciones de la cotidianidad; de la misma manera, estamos llamados a vivir la integridad en el convivir diario, donde no hay máscaras, donde están los que conocen nuestro rostro sin maquillaje. Porque cuando hacemos algarabía, cuando mostramos las mejores apariencias y no estamos fundamentados en la Roca, en nuestro Señor Jesucristo, terminamos siendo como un tambor que produce sonido, pero por dentro es hueco. Como lo expresara el apóstol Pablo: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.” I corintios 13:1. La verdadera integridad se muestra en la manera cómo tratamos a los próximos, cómo servimos a los más débiles, cómo hablamos a los niños, cómo procedemos ante las tentaciones constantes del mundo. Y para lograr caminar de acuerdo a la Palabra de Dios es necesario atender a su llamado a la oración: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” Mateo 6:6. Es ese encuentro divino el taller del alfarero, el lugar donde moldea nuestro carácter a su semejanza.

 

Jesús nos enseñó que las raíces espirituales profundas crecen lejos del ruido y las luces del mundo. Para establecer la integridad como un fundamento de nuestra vida necesitamos consciencia espiritual, silencio y soledad para mirar en nuestro interior y tener un arrepentimiento genuino. Y todo esto solo es posible creando esos espacios de comunión con Dios. Después nos enfrentamos al mundo con sus fuerzas que nos vapulean de un lado a otro y, es allí, donde decidimos hacer la voluntad de Dios o, poco a poco, ir haciendo pequeñas concesiones, porque nadie nos ve, porque nadie lo sabrá, porque me lo merezco… O decidimos hablar con honestidad, trabajar correctamente, aunque no haya supervisor, no tomar el dinero que no nos pertenece, no hablar del ausente, proceder con integridad aún cuando a nuestro alrededor se normaliza la corrupción y la impunidad. Porque mantener una vida doble, un comportamiento delante de unos y otro muy diferente delante de otros, en algún momento quiebra el alma; es el desgaste espiritual de vivir divididos. En el Salmo 32:3-5, el rey David declara lo que sucede cuando mantenemos silencio delante de Dios sobre nuestro mal proceder: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.” Cuando callamos sobre nuestras concesiones corruptas, lentamente nos consume, nos quita la paz y acaba con toda clase de alegría. Pero, en el instante en que declaramos nuestras faltas y reconocemos nuestro error, entonces recibimos el perdón y con él la bendición de Dios.

 

¿Quién soy cuando nadie me observa? ¿Qué conversaciones tengo en mi interior? ¿Qué pensamientos alimento en secreto? ¿Qué acciones ocultas justifico? Dios siempre nos ve, Él conoce nuestro corazón y sabe cada paso que damos. Me parece que este concepto de su omnipresencia fue expresado de manera preciosa en el Salmo 139: “Oh Señor, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Señor, tú la sabes toda.” Salmo 139:1-4. En consecuencia, pretender vivir una vida de apariencias religiosas nos conduce a una vida sin integridad, a un gran vacío espiritual. Porque la integridad no se trata de mostrar perfección sino de caminar en la luz de Cristo y permitir que alumbre hasta los lugares más recónditos de nuestra alma.

 

Sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores.

Benjamin Franklin.-

 

Rosalía Moros de Borregales

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