Lecturas recomendadas
El mundo en conflicto, mi tarea personal
Quizás no podamos resolver las guerras del mundo ni cambiar por nosotros solos el rumbo de los grandes conflictos internacionales. Pero sí podemos aportar algo desde nuestra cotidianidad

Bernardo Moncada Cárdenas:
«La paz no se construye silenciando las diferencias, sino aprendiendo a encontrarnos en medio de ellas.» Papa León XIV
«Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente aprende a odiar, y si puede aprender a odiar, también puede aprender a amar.» Nelson Mandela
Las noticias parecen escribirse todos los días con guerras, amenazas, polarización y violencia, hablar de paz puede sonar ingenuo o incluso utópico. Sin embargo, precisamente porque vivimos tiempos de tanta tirantez, la paz se ha convertido en uno de los mayores anhelos de la humanidad. No como una idea abstracta o decorativa, sino como una necesidad urgente para poder coexistir, construir y simplemente vivir con dignidad.
Vemos conflictos internacionales, enfrentamientos políticos cada vez más agresivos y sociedades divididas por ideologías, resentimientos y desconfianzas. Y, en medio de todo eso, la paz aparece como algo frágil e inaccesible, pero más necesario que nunca.
La Iglesia ha insistido constantemente en este tema. El Papa León XIV ha hablado de una paz construida desde el diálogo, la justicia y la fraternidad, no desde la imposición o el miedo. Su mensaje recuerda algo importante: la paz verdadera no nace de silenciar al otro, sino de reconocer su dignidad, por distinto que sea su pensamiento.
Tanto el Santo Padre como su recordado antecesor quien escribió, en Fratelli Tutti: “La paz real y duradera solo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad en toda la familia humana”, demostraron, en sus audaces visitas a países en conflicto, gobernados por ideologías político-religiosas opuestas al cristianismo, que el entendimiento y el respeto no solamente son posibles, sino multitudinariamente acogidos por los pueblos.
La responsabilidad no puede recaer solamente en los gobiernos. También corresponde a los distintos sectores políticos, ideológicos, sociales y económicos que influyen en la vida pública. Muchas veces el problema no es la diferencia de ideas —que siempre existirá y es natural en democracia— sino la forma en que esas diferencias devienen en odio, descalificación o deseo de destruir al adversario.
Este llamado a la paz apremia en la realidad venezolana. Nuestro país necesita más que acuerdos políticos o estabilidad institucional. Necesita reconstruir la convivencia. Necesita que quienes participan en la vida pública, desde cualquier posición ideológica, comprendan que ningún país puede avanzar si vive atrapado en la confrontación permanente. La paz exige responsabilidad de todos: dirigentes, partidos, medios, organizaciones y también ciudadanos.
Porque la paz no es únicamente ausencia de conflicto. Una familia puede no gritar y aun así vivir llena de resentimientos. Una sociedad puede parecer tranquila mientras subyace la injusticia, el miedo o la intolerancia. La paz verdadera implica respeto, equidad, posibilidad de diálogo y disposición a convivir con nuestras diferencias.
Tampoco se trata solamente de la llamada “paz mundial”, tema socorrido entre presidentes, diplomáticos o Naciones Unidas. La paz comienza mucho antes y mucho más cerca. Empieza en la manera en que hablamos en casa, en cómo tratamos a quienes trabajan con nosotros, en la forma en que reaccionamos en redes sociales o respondemos a alguien que piensa distinto.
Vivimos en tiempos donde la agresividad parece premiarse y donde muchas personas creen que humillar al otro es una forma de tener razón. Por eso, practicar la paz en lo cotidiano se ha vuelto casi un acto de resistencia.
Entonces, ¿qué paz debemos desear? No la falsa paz basada en el silencio obligado o en la indiferencia. Tampoco una paz que ignore los problemas reales. La paz que vale la pena construir es aquella que permite convivir sin destruirnos, disentir sin odiarnos y buscar soluciones sin convertir al otro en automático culpable.
Es una paz que comienza dentro de cada persona, pero que prontamente se refleja hacia afuera: en la paciencia, en la escucha, en el respeto y en la capacidad de comprender que nadie posee toda la verdad.
Quizás no podamos resolver las guerras del mundo ni cambiar por nosotros solos el rumbo de los grandes conflictos internacionales. Pero sí podemos aportar algo desde nuestra cotidianidad: evitar una palabra hiriente, escuchar antes de sentenciar, actuar con honestidad, ayudar a quien lo necesita ¡simplemente tratar a los demás con humanidad!
Son gestos pequeños, sí. Pero toda paz duradera, la paz que alimenta y resguarda el corazón, empieza precisamente así: en lo cotidiano, en lo cercano y en la decisión personal de no seguir alimentando el conflicto.-




