Lecturas recomendadas

Encuentros 18

 

Nelson Martínez Rust:

 

¡Bienvenidos!

Al continuar analizando “Lumen Gentium”, nos encontramos con el capítulo tercero que trata de “La Constitución Jerárquica de la Iglesia y particularmente el Episcopado”. El capítulo se inicia con una afirmación contundente: “Para apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo. Pues los ministros que poseen la sacra potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación” (LG 18). Lo subrayado destaca los elementos esenciales de ese gobierno.

El gobierno en la Iglesia no es una dictadura, tampoco una democracia, tampoco un parlamentarismo. El gobierno en la Iglesia debe entenderse como un “Servicio”. Surge de inmediato la pregunta: “Servicio”, ¿a quién?, o ¿a qué cosa? El gobierno en la Iglesia es un “servicio” en primer lugar a Cristo. De manera más concreta a “La Verdad” que se revela en Cristo (Jn 14,6) y, en segundo momento, al “Pueblo de Dios” o “Cuerpo de Cristo” que tiene derecho a vivir en y de “La Verdad” revelada por Cristo. En ningún momento es un “servicio” a hombre alguno. Esto genera una gran libertad. Esta es la razón por la cual el Vaticano II afirma: “Cristo, Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el Cuerpo”. Ese servicio debe estar orientado a que “alcancen la salvación”, “apacentar al Pueblo de Dios” y “acrecentarlo”, se entiende que todo ello debe ser mediante “la Palabra” y “los Sacramentos”. Todo gobierno en la Iglesia tiene sentido y debe ser entendido como un servicio – como un medio – para hacer crecer y santificar al “Pueblo de Dios” o “Cuerpo de Cristo.

Ahora bien, el origen – el fundamento – de estos ministerios – servicios – radica en la persona de Cristo (Mc 3,13-19). Es Él el que escoge a quien quiere, como quiere, cuando quiere y lo destina a lo que quiere. Por lo tanto, nadie tiene el derecho de exigir, buscar o trabajar para lograr tal o cual puesto determinado dentro de la Iglesia. Por otro lado, todo gobierno lleva adscrita consigo una “misión”: un envío – un mandato – que debe ser cumplido con competencia y dedicación. La “misión” es el objetivo final de una acción libérrima de Dios-Padre, que se lleva a cabo por medio de Jesucristo y alcanza su plenitud en el Espíritu Santo; se inicia en la escogencia del enviado, se profundiza con la vivencia del misterio de Dios y finaliza en la realización de lo encomendado. Por contrapartida, el escogido debe ser estrictamente fiel al llamado de Dios. Los profetas en el Antiguo Testamento sabían y se sentían poseídos por una fuerza sobrenatural que lo impulsaba a decir y a hacer solo y únicamente aquello que le era mandado, aun, a costa de la entrega de sus propias vidas o incomodidad. De ahí que muchos de los profetas mostraban reticencia en aceptar la vocación profética. El caso más patético es el de Oseas que tiene que convivir con una prostituta para hacer gráfico el pecado del Pueblo (Os 1,2-3,5; Is 6,1-13; Jr 1,4-19; Ez 2,1-3,15).

La Verdad” ¿Qué es la Verdad? ¿En dónde encontrarla? ¿Cómo vivir de y para La Verdad? El mayor servicio que la Iglesia puede y debe prestar al mundo creyente y no creyente es el mostrar “La Verdad”. Sin embargo, pareciera que la angustia y la necesidad de una adaptación del mensaje del Evangelio a la realidad actual – que es un principio excelente – se ha tornado tan urgente dentro de la Iglesia, que deja de lado el respeto y la primacía de La Verdad.

La sociedad se encuentra sumergida en el relativismo y en función de este principio se toman decisiones tanto a nivel personal como colectivo afectando, no solo al patrimonio revelado, sino también a la humanidad entera. Se desea presentar un Evangelio adaptado – light – a todas y a cada una de las circunstancias que el hombre presenta a la Iglesia. Se pretende justificar todo y, en función de esta adaptabilidad, se ponen al margen verdades que nos viene de la Revelación y que no son solo adaptaciones históricas adquiridas en un momento determinado de la misma.

La Iglesia ha tratado de salir al paso dando testimonio en favor de “La Verdad”. En primer lugar, en el año 1998 Juan Pablo II publicó “Fides et Ratio”. Otro documento más reciente es el elaborado por “La Comisión Bíblica” del año 2019 a petición del Papa Francisco, con el título “¿Qué es el hombre?”. Es un documento que, partiendo del dato bíblico, muestra la concepción cristiana-católica del hombre.

El magisterio católico no puede claudicar frente a la realidad de una sociedad que ha perdido el norte y en nombre de la “modernidad” hecha por tierra valores fundamentales. Ella ha sido puesta por Dios para decir “a tiempo y a destiempo” “La Verdad que ha recibido de su fundador, Jesucristo.

 

Valencia. Marzo 27; 2022

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