Lecturas recomendadas

A la altura de su cargo

Alicia Álamo Bartolomé:

La historia está llena de hombres y mujeres que sirven como ejemplos para ilustrar positiva o negativamente este capítulo. Personas que han actuado en su momento con clara visión de la responsabilidad que ejercían o bien otras que fallaron por cobardía. Hubo algunas preparadas por profesión u oficio para afrontar objetivamente decisiones difíciles. Entre éstas, unas superaron exitosamente la crisis arriesgando su vida o su reputación; otras, no pudieron vencer el temor y entregaron la guardia provocando un drama. Y lo más interesante, algunas llegaron a un cargo de primera línea sin proponérselo, sin estar preparadas, por algún capricho o irresponsabilidad de un gobernante y, sin embargo, en la hora precisa, crecieron hasta la altura de su cargo. El ejemplo más notable que se nos viene a la mente es el de Santo Tomás Becket: arzobispo de Canterbury, gran canciller de Inglaterra, cargos a los cuales llegó por su amistad con Enrique II, con el cual compartía parrandas y frivolidades; ni siquiera era sacerdote, sin embargo, al investirse de cabeza de la Iglesia en ese reino y cuando su amigo real pretendió interferir en el dominio eclesiástico, dio su vida a mano de los cortesanos al pie del altar. No todos tienen el coraje de estar a la altura de su cargo, como habíamos dicho. Ahí tenemos el caso de Poncio Pilato: era el procurador romano de Judea, estaba en su poder evitar el prendimiento y la muerte de Cristo, pero se llenó de pánico ante una posible sedición o que lo acusaran de enemigo del César, entonces, aun a sabiendas de la inocencia de Jesús, lo entregó a los judíos para que lo crucificaran (34).

Los Reyes Magos son ejemplos del buen uso de sus conocimientos y sus cargos. Buscaron a Aquel que les había sido indicado desde el cielo y le llevaron el homenaje que podían aportar como cabezas de grupo. Es más, cuando se desapareció la estrella que los guiaba, con perfecto dominio de las atribuciones jerárquicas y los procederes, fueron a buscar a quien ejercía la autoridad en el lugar, a Herodes, para recabar la información. El déspota fue el medio adecuado para recuperar el rumbo perdido. Aunque indigno, tenía la misión de conducir (35).

José no tuvo ningún cargo alto, no fue rey, ni obispo, ni procurador, pero fue el jefe de una pequeña familia, de la “trinidad de la tierra” (36). Tuvo las responsabilidades y las tomas de decisiones propias de su misión. Lo más resaltante de su desempeño en este nivel donde lo puso Dios, es su lucidez para actuar como cabeza de aquel trío, aunque sabía perfectamente que desde el punto de vista de los valores tanto humanos como sobrenaturales, era el más indigno. No podía compararse con el Hijo de Dios, a quien tenía que conducir y enseñar con autoridad de padre. No podía compararse con la Virgen María, a quien debía cuidar como esposa e indicarle los pasos a seguir en la vida familiar y social. Asumió su posición de jefe de familia con entereza y precisión. Fijó domicilio, viajes, oficio. Y guardó silencio.

Cuando en el Evangelio se dice “ …y les estaba sujeto” 37, al referirse a la vida de Jesús después del episodio del templo a los doce años, significa que seguía sin desvíos la formación y la conducta marcadas por sus padres, de todo lo cual era responsable José. Padre e Hijo harían juntos las visitas sabatinas a la sinagoga, pues las mujeres hebreas no iban ni van a ésta, salvo en raras ocasiones, como las bodas o el “bar mitzvah”. Ciertas prácticas de la religión son sólo para hombres. Jesús, en sus años de vida oculta se formó y vivió en ésta, según el ejemplo y la conducción de José. De boca de éste aprendió los salmos y las Escrituras que años más tarde aparecerán en su predicación. Seguramente Cristo, al recitar éstos ante las masas y en la soledad de la Crucifixión, cuando ya entregaba su espíritu, recordaría con ternura el momento en que su padre nutricio se los enseñó.

Para nosotros es luminosa esta conducta del Patriarca. ¡Cuántas veces nos sentimos abrumados por una misión encomendada a nuestras manos! ¡Cuántas veces nos vemos comprometidos con tareas o funciones que parecen sobrepasarnos! Dios nos ha puesto allí, no por méritos propios, seguramente, sino como instrumentos suyos para el plan que ha trazado. No somos ni excepcionales ni indispensables, pero sí, en algunas coyunturas, los únicos que podemos decidir y de nuestra conducta dependerá el futuro de una familia, un grupo, una institución o un Estado.

Hay momentos muy difíciles cuando se está al frente de un organismo. Aplicar la justicia puede resultar una tremenda experiencia: a veces hay que pasar por encima de la misericordia inmediata para evitar un mal mayor. En el mundo de hoy, cuando se han generalizado el rapto y la amenaza para obtener la libertad de presos políticos y terroristas, los jefes de Estado son responsables de decisiones de gran trascendencia que pueden ser antipopulares y censuradas por la opinión pública, pero necesarias para evitar que un precedente expanda luego el uso y el abuso de la violencia. Cuesta tomar una resolución de éstas cuando se ven amenazada una o muchas vidas y se levanta un clamor en contra de tomar el riesgo, difundido y agigantado por los medios de comunicación y los intereses políticos contrarios.

Sin embargo, quien muestra firmeza y no cede, convencido de que evita desenfrenos posteriores, está a la altura de su cargo.

No puede abrumarnos la carga de responsabilidades como no abrumó a José. Estuvo al timón y llevó en rumbo la barca de la Redención en la primera etapa del viaje: la vida de la Sagrada Familia. Hizo lo que debía y su papel terminó antes de que se desencadenaran los hechos de la actividad pública de Jesús. No apareció en ninguna hora notoria, ni de sufrimiento ni de gloria. Su lapso en la tierra y en el plan de Salvación había acabado. Se fue tan discretamente como vivió; los Evangelios canónicos ni siquiera mencionan el momento ni las circunstancias.

Así son nuestras misiones en el tiempo. Nos toca llenar un período en algún sitio y si nuestro trabajo ha sido brillante, útil y reconocido, eso no nos hace propietarios del grupo o la institución. Aunque desempeñemos los cargos con la altura propia, no podemos apegarnos a éstos ni a sus funciones o privilegios. Sería apropiarnos de los dominios de Dios. El nos pone y nos quita. Vendrán otros a reemplazarnos. No sabemos si mejores o peores que nosotros; pero en todo caso les toca ahora su misión. Ojalá sepamos desaparecer de los primeros planos con la misma humildad de José después de haber sido cabeza de la familia de Dios la tierra. Sin tachas en el ejercicio de su cargo, sin ruidos en su desincorporación.

No nos dejemos engañar por los halagos de quienes nos quieren usar como pretexto para protestas y malestares, cuando aparentemente se hace una injusticia con nosotros y nos desplazan de un puesto importante. A veces puede suceder, esto hasta en los destinos eclesiásticos y las posiciones de gobierno o de confianza en las familias religiosas. Cuidado. Es nuestra vanidad la que se ve tentada y creemos en la sinceridad de la indignación de otros. Aunque así fuera, tengamos en cuenta que siempre es difícil aceptar que nuestro tiempo ya pasó y confundimos la intención. Si

sentimientos así nos invaden a la hora de dejar una labor que amamos y a la cual le dimos todo nuestro esfuerzo, volvámonos a José. Fue instrumento primero, útil y certero en el plan de la Redención; pero no estuvo en la culminación de ésta y ni siquiera se le ha reconocido mucho ese papel. Pasó inadvertido y esta es su grandeza que crece con los siglos.

Estamos a la altura de un cargo cuando lo llevamos adelante a conciencia, adquiriendo los conocimientos necesarios constantemente, poniendo en práctica éstos y las experiencias, tomando decisiones valientemente, remitiendo nuestros temores a las manos de Dios, reconociendo nuestros límites y dejándolo con desprendimiento verdadero cuando nos toca la hora de partir, dispuestos a ayudar a los que nos siguen y a honrar a los que nos precedieron.

34 – Juan 19,16.

35 – Mateo 2,1-6.

36 – San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Amad al Señor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la Trinidad Beatísima, Dios único. Y también a esta como trinidad de la tierra –no soy el primero que lo dice, pero a mí meda mucha devoción–, a Jesús, María y José” (De una tertulia en Roma el 19-3-1973 y solía repetirlo en muchas otras ocasiones).

37 – Lucas 2, 51

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