Lecturas recomendadas

El Sacrificio de Abraham

Randall B. Smith, profesor de teología en la Universidad de St. Thomas:

Los críticos bíblicos modernos a menudo tienen problemas para aceptar la larga tradición dentro de la Iglesia, de creer en los múltiples sentidos «espirituales» del texto. Esto no significa que las Escrituras puedan tener el significado que uno desee. Los diversos sentidos «espirituales» —alegórico, moral y anagógico– deben estar firmemente basados ​​en lo literal. Pero las lecciones que aprendemos de los sentidos «espirituales», especialmente aquellas que entendemos a la luz de la vida, muerte y resurrección de Cristo, trascenderán lo que pudo haber sido conocido por los autores originales. 

Como Creador, Dios puede «escribir» en la historia humana, a través de los acontecimientos humanos. Él puede significar con cosas, y no meramente con palabras. Por esta razón, Dios puede pre-figurar el sacrificio de Cristo en la Cruz con Su orden de que Abraham sacrificara a su hijo Isaac. Reconocemos en retrospectiva que, a la postre, lo que Dios no deseaba pedirle a  Abraham -el sacrificio de su propio hijo- es algo que Él Mismo sacrificaría por nosotros. Y por esta razón, la lectura sobre el “sacrificio” de Isaac (Génesis 22: 1-18) se incluye entre las selecciones para la liturgia de la Vigilia Pascual. 

Es difícil saber lo que el autor humano tenía en mente cuando incluyó el relato en las Escrituras. Pero en una época en la que el sacrificio humano a los dioses era común, este autor, inspirado por el Espíritu, probablemente quiso aclarar que ese tipo de sacrificio humano no era lo que el Señor quería. Dios desea un cambio interno de corazón, no un sacrificio externo en un quid pro quo, mediante el cual sacrificamos algo nuestro para que, a cambio, Dios nos dé algo que queremos. Uno no compra el favor de Dios, sacrificando un toro o una cabra. 

De la misma manera, si nos sentimos tentados a convertir nuestra asistencia a Misa, y las observancias piadosas, en un quid pro quo similar con Dios —hago X, o sacrifico Y, para que Dios me recompense con Z— entonces deberíamos considerarnos azotados por la ira de Cristo, a causa de que el templo de Su padre estuviera siendo convertido en un mercado. No compramos el favor de Dios; especialmente, porque Él nos ha dado todo lo que tenemos. Esta es otra de las lecciones que deberíamos aprender de la historia de Abraham e Isaac. La disposición de Abraham de sacrificar a su hijo demuestra que él comprende que todo lo que tiene pertenece en última instancia a Dios. 

Pero ello también nos dice algo sobre la fe y la promesa de Dios, aunque quizás no sea la lección que algunos comentaristas hayan pensado que encontraron allí. En el siglo XVI, Martín Lutero elogió a Abraham por su obediencia acrítica a Dios —por la “fe ciega” que demostró al negarse a cuestionar si era correcto matar a Isaac. A fines del siglo XVIII, Emmanuel Kant adoptó el punto de vista opuesto, argumentando que Abraham debería haber razonado que un mandato tan evidentemente inmoral no podría haber venido de Dios. Para Lutero, la autoridad divina triunfa sobre cualquier reclamo en nombre de la razón o la moral, mientras que para Kant no puede haber nada más alto que la ley moral. Este debate continúa hasta el día de hoy. 

Pero quizás no sea esto lo que la historia pretende enseñarnos. Una lectura “moral” clásica del texto podría ser algo como esto: ¿No hay acaso momentos en los que estamos tan seguros de que conocemos la voluntad de Dios, cuando parece que estamos cumpliendo tan claramente los designios de Dios, y entonces sucede algo malo e inesperado? No conseguimos el trabajo que pensábamos que era perfecto, o perdemos la relación que estábamos tan seguros de que Dios tenía en mente para nosotros. Muere un progenitor. Una pandemia se esparce por el mundo. «¿Cómo es esto parte de la providencia de Dios?», nos preguntamos. Encontramos corrupción y abuso en la Iglesia. «¿Cómo es esto parte de la promesa de Dios?» 

Así también, Isaac es claramente el regalo de la promesa que Dios le había hecho a Abraham. Entonces, ¿cómo puede ser razonable sacrificarlo? Las palabras de Job habrían sido las mejores: “El Señor ha dado; el Señor ha quitado; bendito sea el nombre del Señor”. No somos dueños; somos mayordomos. En cualquier momento, el dueño de la viña podría volver y pedir la cosecha, o exigir los talentos que nos prestó —con intereses. Nos preguntamos: «¿Por qué ahora?» Nos preguntamos, al igual que Kant: «¿No tendría más sentido el relato si…? » Pero no es nuestro relato. Es el relato de Dios. Y no es descabellado creer que Él comprende más de lo que nosotros comprendemos. 

Está claro, en los Evangelios, que Jesús no es el Mesías que la gente estaba esperando. Incluso el gran San Pedro le dijo a Dios encarnado (sin comprender la irracionalidad de decirle al Dios de toda la creación lo que Él debería hacer): “No puedes ir a Jerusalén y sacrificarte en la Cruz. Eso no tendría sentido. Debes avanzar hacia victorias cada vez mayores en la forma en que yo entiendo la victoria«. Pero esto no es lo que Dios tiene en mente. 

¿Es acaso irracional creer que en el mundo puede estar en proceso una sabiduría mayor que la propia? ¿O sería irracional suponer que no puede estarlo? 

Todavía tendríamos que enfrentar la pregunta de si el poseedor de esta mayor Sabiduría es benéfico. Pero si yo llegara a reconocer que este Dios Creador amaba tanto a la humanidad que estaba dispuesto a sacrificar a Su único Hijo por nosotros, entonces mi disposición de poner mi voluntad de acuerdo con la Suya no sería simplemente una cuestión de «fe ciega» e incuestionable obediencia. Podría ser el resultado de una comprensión no del todo irracional del poder y sabiduría supremos de Dios, por una parte; y, por la otra, una respuesta enteramente sensible al amor que Dios ha mostrado con Su disposición a sacrificar a Su Hijo. 

No necesitamos entender el propósito de Dios para creer que Él tiene un propósito. En efecto, cuando más necesitamos recordar que Él es Dios y que nosotros no lo somos, es, precisamente, cuando nuestras expectativas sobre aquello que pensábamos que Dios tenía en mente están más en desacuerdo con aquello que asumimos que sería Su voluntad. 

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:

Acerca del Autor:

Randall B. Smith es profesor de teología en la Universidad de St. Thomas. Es el autor de Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Guidebook for Beginners and Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary (2021). Su sitio web es: randallbsmith.com.

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