Opinión

¿G-4 oposición? Y el régimen en México como papagayo sin cola

Egildo Luján Nava:

En el sentimiento de los venezolanos, hay un desconcierto. O, más bien, una desconexión con los partidarios del gobierno y de los que se autodenominan G-4; en este último caso, conformado por una alianza de los 4 principales partidos políticos opositores.

Ambos grupos, aliados al régimen y opositores, se cree que no alcanzan ni al l5% de la población venezolana que, eventualmente, estaría dispuesta a participar en futuros procesos electorales. Y si esto es así, sinceramente,  ¿a quiénes estarían representando en esa supuesta negociación sobre el destino del país  que se está dando en México?. ¿Es un fantasma el sector mayoritario de un 85% restante de la población?.

¿Quién nombró realmente a los «representantes» políticos  que detentan semejante desempeño, y con qué autoridad fueron nombrados? 

¿A qué se debe la ausencia entre los designados de aquellos entre los que deberían estar también representados, como es el caso del resto de la vida nacional, a saber:  los laborales, empresariales, productores del campo, salud,  fuerzas armadas, universidades, gremios, etc?. ¿Son ellos, si o no, también  principales actores en la operatividad y funcionamiento del país?. 

Por lo visto,  la repuesta es «NO». Y eso sin mencionar o simplemente referirse a las capacidades, experiencias y reputación de los participantes de las Comisiones que tienen a su cargo la determinación de los acuerdos o entendimientos, a partir de los cuales Venezuela, finalmente, pudiera comenzar a emerger del sitio en donde ha sido metida la Nación en poco más de las dos últimas décadas.

Adicionalmente, y para mayor preocupación del Soberano, a éste se le priva de respuestas y participación. Mientras que él sigue  abrumado por las calamidades convertidas en patrimonio  en un país en el que  nada funciona y en donde, aparentemente, la única solución es huir de su Patria, en un desesperado escape en procura de cualquier opción para calmar hambre, miseria y conquistar seguridad. Y, con ello,  sobrepasando una diáspora de más de seis millones de personas, considerada hoy como la más grande en la historia del continente americano. 

Lo cierto es que la minoría mencionada anteriormente (15%) decidió ir a México a dialogar, a negociar sobre el destino del país y, con dicho proceso, acerca de la catastrófica situación venezolana. 

Ya se ha formalizado un Acuerdo de Intención. Ha sido firmado precisándose que el tema a negociar, antes que buscarle una solución  al rosario de calamidades sociales por las que atraviesa el país, es atender, por sólo merecer el tratamiento de tema principal,  único e importante: ¿CÓMO, CUÁNDO Y QUIÉNES  VAN A IR A ELECCIONES?. Se elegirá todo a la una. Se celebrará un proceso ajustado al principio de megaelecciones, en el que estarán: elecciones regionales, presidenciales y un supuesto revocatorio presidencial. 

Cabe preguntarse: ¿Es que alguna de estas acciones electoreras, por sí misma o de todas a la vez,  resolverían los agobiantes problemas de casi 30 millones de venezolanos?. Sin duda alguna que NO. ¿Cómo quedarán realmente los casos de los temas de salud, alimentación, educación, presos políticos, gasolina, combustible, electricidad, agua, seguridad, economía……………?.

¿ Es que acaso el sueño del retorno del rentismo priva para que se insista en la construcción de maneras de hacer posible que algunos puedan convertirse en los afortunados ganadores de puestos, cuando es el país, como un todo, al que se le insiste en someter a una ruina absoluta, y a una sociedad en la más extrema de las miserias?.  

En el transcurso de los 22 años de este régimen, el país ha concurrido a más de una veintena de elecciones de todo tipo. Ha habido comicios de todos los gustos: presidenciales, regionales, revocatorios, etc. ¿Y en qué se han convertido sus resultados?. Evidentemente, en la aplicación de la fórmula útil a la que recurren los regímenes comunistas o dictatoriales para disfrazarse de democráticos. ¿ Acaso esto en Venezuela hizo posible que se detuviera o se impidiera la destrucción del país?.

Por otra parte ¿quién o qué garantiza que, de igual manera, no se tolere la práctica vivida por los votantes venezolanos, en cuanto a que las victorias democráticas no terminen convirtiéndose en una excusa o justificación oficial para fabricar paralelismos administrativos, en nombre de una presunta garantía de amparo, resguardo o similares a cargo de fichas partidistas oficiales?.

Obviamente que nadie impedirá que eso se repita. Razones sobran, entonces, para que se crea que si existe una convicción imposible de erradicar en los venideros 180 días, mientras se «arman» las elecciones, es que se crea que los vicios electorales convertidos en derecho gubernamental van a desaparecer, y que darán paso a la transparencia electoral. 

La gran verdad  adicional y enquistada en el sistema electoral en Venezuela, es que  ha habido momentos en los que el régimen y los partidos de oposición han conquistado la mayoría de las gobernaciones y alcaldías. ¿Y esto ha permitido o mejorado la situación o contenido el proceso de deterioro? Por supuesto que no. 

Los procesos electorales son la base fundamental de toda democracia, pero ir a elecciones en un país tan convulsionado y literalmente destrozado, no es la forma de resolver nada. Un cambio de presidente o de autoridades regionales, en un país en ruinas, dividido y cargado de odios como esta Venezuela hoy en día, no conduce a lo que se necesita: un ambiente de paz, entendimiento y de armonía absoluta. No durarían en sus respectivos cargos, ni un semestre, antes de que se diera una explosión  social o una conmoción política, para luego caer más abajo todavía. 

La única fórmula viable y cierta para corregir el rumbo y las funciones de un país descarrilado y fuera de contexto, sin duda alguna, es la recomendada por la Iglesia Católica a través de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana, como del mismo  Vaticano. Y que lo hizo saber por intermedio del Comunicado emitido por su Secretario de Estado, el Cardenal Pietro Parolín. 

Allí se señaló que «HAY QUE REFUNDAR AL PAÍS», porque es la vía pragmática para ir al fondo de los problemas y de llegar al diseño y constitución de soluciones. Esto es lo que, inclusive, ha expuesto en diferentes oportunidades el  Monseñor Ovidio Pérez Morales, señalando en sus tantos y certeros artículos, lo que otros han calificado de dar » EN EL CLAVO»: ir a las causas de los problemas y construir soluciones. 

La fórmula para hacerlo está planteada en la vigente Constitución de la República Bolivariana de Venezuela en varios de sus artículos. Apelando a una CONSTITUYENTE, inclusive, se le puede dar solución integral a todo lo que tenga que modificarse o corregirse. Y todo eso jamás se podría lograr con un proceso de megaelecciones, justificando unas «Elecciones Regionales» o un «Proceso Revocatorio», bajo la tutela operativa o administrativa de un Consejo Nacional Electoral  totalmente sesgado, parcializado y controlado, obedientemente gubernamental. 

La CONSTITUYENTE debe ser convocada por el pueblo de Venezuela, depositario de ese poder,  con el objeto de «REFUNDAR» la República  (Artículos 5, 7, 347, 348 y 349 de la Constitución). Sólo así  participarían en armonía, equitativamente y con respeto, en una Asamblea Nacional Constituyente,  todos los sectores de la vida nacional, tanto políticos como de la Sociedad Civil, y lograrían refundar la República, con unas bases comiciales justas y explícitas, y debidamente aprobadas por el Soberano.

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