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El joven José

Alicia Álamo Bartolomé:

 

No es ninguna novedad afirmar en contra de una tradición piadosa pero un poco timorata, que José era un hombre joven cuando se casó con la Virgen. Así lo consideraba San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei y lo dejó sentado en sus escritos (42) Esa tradición, que contradecimos, ha venido representando a San José como un anciano, lo cual seguramente responde a una forma ingenua y primitiva de expresar la única posibilidad de guardar la virginidad de María. Hay que tratar de comprender los momentos históricos y culturales para a su vez entender

la manera de juzgar y comportarse sus actores, es decir, situarse ante los hechos y costumbres de otras épocas, pero con los puntos de vista y criterios actuales. Antes del cristianismo, aún avanzado éste y hasta en

no pocos ambientes de nuestros días, la mujer era y es un objeto sexual. Una pareja joven, normal, viviendo la castidad absoluta no se concebiría, sobre todo porque sin la visión sobrenatural correspondiente, la castidad no se ve como esa “afirmación gozosa”, según la expresión de San Josemaría

Escrivá de Balaguer (43), sino como una negación dolorosa. En las civilizaciones antiguas hay siempre un canto, una ceremonia y hasta todo un mito religioso sobre la fertilidad del hombre y la tierra. Se comprende: para poblar y poder dominar el mundo la especie humana debía reproducirse y hacer fructificarlos ampos. Los pueblos basaban su fuerza

en el número, tanto para el combate como para agro o transformar las materias primas. La virginidad tuvo, sí, cierto valor en algunas expresiones religiosas como las famosas vestales que mantenían día y noche el fuego sarado sobre el altar de la diosa Vesta, la correspondiente romana a la diosa griega del fuego y el hogar, Hestia. Sin embargo, en el pueblo hebreo, por ejemplo, como ya hemos anotado, la reproducción de la vida para la extensión de la nación, así como para cumplir la posibilidad del Mesías que en algún momento daría a luz una madre judía, llegó a ser el eje de la religión, la tradición y las costumbres. Conocido es el pasaje del Evangelio donde los saduceos, que no creían en la resurrección, le plantean a Jesús para tenderle una trampa, el caso de la ley que obligaba a la viuda sin hijos a casarse con el hermano del muerto para asegurar la descendencia (44); y así otros casos como el de Judá con su nuera (45), como el de Rut (46).

 

Todavía en la Edad Media había un primitivismo en el uso del sexo, a pesar de que el cristianismo abría caminos espirituales de renuncia a los placeres del mismo para la entrega generosa al servicio total de Dios. Es la época de los ignominiosos cinturones de castidad. En un mundo lleno de sensualidad y sometimiento pasivo de la mujer al varón, era muy difícil imaginar siquiera el mutuo respeto en una pareja joven para guardar su integridad. Según las mentalidades de entonces y de algunos primitivos de ahora –primitivos por marginalidad, educación o desenfrenada sensualidad– sólo un anciano impotente podría vivir al

 

A la luz de nuestra espiritualidad de hoy, cuando sabemos que el hombre puede remontarse por encima de la bestia y casi codearse con los ángeles como resultado del amor divino que lo invade, un José anciano por esas consideraciones, más piadosa y bien intencionada que sea la tradición que las sustenta, nos sabe a poca fe, a raquitismo de la caridad, a una insulsa leyenda con tanta falta de visión sobrenatural como pobreza de imaginación.

 

Aunque no podamos asegurarlo, porque el Evangelio no lo dice, pero precisamente por este silencio que no anota lo normal y quizás sí hubiera registrado lo inusitado, como el matrimonio de una jovencita con un anciano (47), José debió ser un hombre joven, pues no se habla en las Sagradas Escrituras tampoco de una compra de esposa, como se ha acostumbrado en algunos pueblos, en cuyo caso los más viejos

generalmente son los más ricos para poder adquirir más y mejores mujeres. Por lo tanto, la conclusión más lógica es que José era un joven al desposarse con María y que aquella unión no tenía, a los ojos de la sociedad de ese tiempo ,ninguna nota rara digna de ser mencionada.

 

Para guardar a la Santísima Virgen no se necesitaban viejosni jóvenes, ella sabía lo que quería, lo que había ofrecido a Dios y así su voluntad, dirigida perfectamente a identificarse con la de su Creador, no iba a desviarse de su ruta, ni Él iba a permitir que nadie la desviara. Sin embargo, como el Verbo venía a confundirse con nuestra pobre humanidad, como venía a ser simplemente uno de nosotros para redimirnos desde nuestra propia carne, había que prepararle un hogar normal, una familia, donde Él no se distinguiera de cualquier hijo en el pueblo israelita de su tiempo. Se necesitó un padre aparente para Jesús y fue escogido José. Tenía que ser casto, porque Dios no iba a poner junto a su purísima madre un marido indigno. Así, una de las principales condiciones para ser el esposo de María, era la pureza del escogido. La santa pureza es una virtud de hombres y mujeres, posible en cualquier estado, vocación o circunstancia; más hermosa y más alta, más cerca de la pureza divina y digna de hacerse una con ella, cuanto se vive en grado más heroico. Por eso justamente

en la juventud, en pleno vigor de fuerzas físicas, la pureza es más radiante, acerca el hombre a los ángeles mientras lo hace más hombre.

 

El esposo de María tenía que estar esplendente de pureza y por lo tanto, vivir una juventud floreciente en el momento de recibir a su esposa. ¡Cómo sería su mirada con claridades de aurora! ¡Cómo sería su sonrisa plena de viril atracción! ¡Cómo sería el noble perfil de su cabeza en alto, expresión de su libertad y su seguridad como hijo de Dios! ¡Cómo sería de esbelto y ágil su cuerpo, de huesos firmes, de músculos templados acostumbrados al trabajo, al ejercicio, a las marchas a pie al aire libre! ¡Cómo serían sus movimientos precisos, rápidos, armoniosos, elegantes y espontáneos!

¡Cómo sería el pelo, tal vez oscuro y un tanto ensortijado, de su cabeza y de su barba! Todo un guapo mozo en la pujanza de sus 25 años, quizás; diestro en lo físico como en lo intelectual y además, con unas ganas tremendas de servir a Dios en la misión que le había confiado y con una inmensa alegría de cumplirla.

 

Un José callado, sí, maduro en lo espiritual, pero sonriente, diligente, solícito, sin pereza ni dilaciones para servir a su familia y a sus semejantes. Un José luz en su taller humilde. Un José guía, modelo, inspiración. Un José amado y admirado nada menos que por Jesús y María. Sólo así pudo responder a aquellas voces de ángeles que lo enviaban de un lugar a otro con una joven y un niño a su cuidado. Sólo así estuvo en condiciones de viajar a Belén para empadronarse, de resolver el problema de alojamiento,

de huir luego a Egipto. Todo esto hubiera sido imposible para un José anciano, por más que “Dios escriba derecho con líneas torcidas”, según reza el dicho popular, pero en este caso, habría hecho un borrón bastante difícil de leer.

 

José era un joven artesano y ganaba su vida con el trabajo de sus vigorosos músculos. Sostenía a su familia con todas las capacidades físicas, mentales y emocionales de la juventud. Podía tomar decisiones, emprender pesados viajes, defenderse de peligros, de inclemencias del

tiempo, de caminos inseguros por desiertos y montañas. Era joven, fuerte, viril, puro, como para poder vivir consciente y libremente la castidad. Se fijó en María porque era buena, honesta, hermosa. Proyectó formar hogar con ella y seguramente tener una larga descendencia, pues era un buen israelita. Para él, como para todos los hombres de su tiempo, los hijos eran una bendición. Dios le pidió otra cosa pero no le negó esa descendencia, porque de su Hijo adoptivo hemos nacido todos los cristianos, por eso podemos llamarlo Nuestro Padre y Señor (48). Estaba rendidamente

enamorado de la Santísima Virgen, cuando Dios le pidió transformar ese amor que nació humano, lo cual no quiere decir envilecido sino humano puro, casto, con miras a un matrimonio normal, con todos los deberes y derechos del mismo. Transformarlo, porque de ese estado inicial y legítimo,

también querido y bendecido por Dios, debía pasar a un estadio más alto y convertirse en marco familiar perfecto para el Hijo de Dios.

 

No dejó de amar a María, por el contrario, la amó cada vez más a medida que crecían en gracia tanto ella como él; pero la amó totalmente en Dios, no como, objeto de deseo carnal sino de contemplación mística. Es el mismo proceso que puede sufrir nuestra tendencia al amor. De hecho, muchas almas prefieren renunciar a un amor humano, honesto y bueno para hacer absoluta entrega de su vida a Dios y dedicarse a la labor de salvar las almas. Es la respuesta generosa a la llamada para una vocación de amor divino que así lo exige en determinadas circunstancias; sea esa para apartarse del mundo, sea para permanecer en éste como levadura del mismo. Otra circunstancia de la misma vocación existe dentro del matrimonio cristiano, vivido a cabalidad con todos sus derechos y deberes, con su castidad propia y en medio del cual pueden practicarse las virtudes

en grado heroico.

 

Aquella transformación del amor fue algo normal, ninguna cosa extraña, como no lo fue para Adán, antes de la caída, tener los dones preternaturales, ser completamente puro y dialogar fácilmente con Dios. José llegó a ser, por su fidelidad a la misión encomendada, por aquella convivencia amorosa con Jesús y con María, tan puro como Adán recién

salido de la arcilla modelada por el Creador. Fue su último descendiente en la línea ininterrumpida del Antiguo Testamento. Con el moriría el viejo Adán, recobrada su prístina pureza, porque en Cristo nacía el nuevo, padre de la otra Creación.

 

José es quizás el Patriarca más joven, el que vivió menos, puesto que desapareció del Evangelio una vez que Jesús va al templo a los doce años. No sabemos con exactitud cuándo murió, pero seguramente en ese lapso de dieciocho años que va entre ese episodio y la primera actuación pública de Cristo en las Bodas de Caná. En esta fiesta no se menciona su presencia y, de haber vivido, habría muy probablemente estado junto a su familia. José sería mayor que Jesús alrededor de 25 años, tal vez menos, lo que daría una vida tope de unos cincuenta y cinco años cuando mucho. Debió morir en la temprana madurez, cuando ya su misión estaba cumplida

y aquel Hijo que le había encomendado Dios podía desenvolverse solo y cuidar debidamente de su Madre. Le había enseñado un oficio y era capaz de valerse ya sin ayuda.

 

Una tradición hace a José abogado de la buena muerte porque se supone que murió como vivió, rodeado de Jesús y de María, la mayor felicidad que podemos desear para el supremo momento, como prenda inmediata para la vida eterna. En el caso nuestro, estaría también él para comunicarnos

la perfecta paz que experimentó durante su deceso. Era un hombre todavía joven y fuerte cuando murió. Su muerte prematura quizás sólo se explica por una amorosa “delicadeza” de Dios: sus años en la tierra, junto a Jesús y la Virgen, fueron como estar en el cielo, ¿cómo devolverlo al dolor de la Pasión donde no iba a entrar su carne, como le sucedería a María, pero sí su corazón y doblemente lacerado? Sólo María fue reservada para ser corredentora en forma cruenta, puesto que su propia sangre, que corría por

las venas del Hijo, se iba a derramar. Tenía la talla necesaria: era la Inmaculada Concepción.

 

 

42 “…Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo el misterio d la Maternidad divina, cuando vivió junto ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas.

43 “La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación gozosa. Es Cristo que pasa N. 5, homilía Vocación Cristiana.

44 Mateo 22,23-33.

45 Génesis 38,12-26.

46 Libro de Rut, Antiguo Testamento

47 En una tertulia en la Lloma (Valencia, España), en 1975, San Josemaría oratorio de la sede central del Opus Dei en Roma, decía: es “una protesta vibrante mía, hace tantos años, cuando el escultor que hizo el pequeño retablo del oratorio (…), esculpió varias imágenes de San José

con unas barbas de viejo… Y me enfadé, e hice pintar un San José joven, majo, fuerte… Históricamente tenía que ser así. ¡Cómo iban a casar a una chiquita, que era casi una adolescente, con un viejo!” (Citado en el folleto Mundo Cristiano N° 316, “La devoción a San José en la vida y las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer” por Laurentino Ma. Herrán).

48 La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título

entrañable: Nuestro Padre y Señor. Es Cristo que pasa n. 39, homilía En el taller de José, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

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