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A predecir, que algo queda

Marcos Villasmil:

Nadie se equivoca más a la hora de predecir que un comunista. O un fascista. O, en resumidas cuentas, un enemigo de la libertad y la democracia. La historia de los gobiernos totalitarios de izquierda y derecha en materia de predicción tiene más fallas que agujeros un queso Emmental. ¿Es que acaso Chávez, los Castro o Maduro han acertado en alguno de sus pronósticos sobre el esplendoroso futuro que traería el socialismo?

Claro, ellos emplean como justificación la mentira, el desvío declarativo, el mensaje que busca confundir; las herramientas válidas para un comunista cuando de conquistar el poder -y mantenerlo a sangre y fuego- se trata.

Una nueva, muy accidentada, ronda de negociaciones se estaba realizando en México, entre la dictadura y representantes de algunos de los partidos de la oposición venezolana. ¿De continuar, qué resultados pueden predecirse? ¿De qué color será el humo que salga de las chimeneas negociadoras noruego-mexicanas? ¿Será «más de lo mismo”?  No es fácil predicción. Porque el “más de lo mismo” no es otra cosa que el régimen afirmando una cosa y en realidad apostando por otra: quedarse en el poder, no ceder un solo centímetro  a las aspiraciones fundamentales opositoras.

¿Cómo funciona, en política, eso de predecir y pronosticar?

En estos días, es más fácil adivinar si Tik Tok superará a Instagram que, por ejemplo, los resultados de una elección política (incluso las del próximo noviembre criollo, cuyos detalles finales se decidirán en gran medida, bien se sabe, en La Habana).

Hoy abundan aspirantes a predecir el tiempo, los mercados financieros, los resultados deportivos. Pero quienes obtienen más prensa (en Tv, medios escritos, radio, o redes sociales) son aquellos que creen que se las saben todas en política.

La política, olvidan muchos, es un fenómeno técnico y mediático, pero también psicológico y sociológico, con muchas aristas que se hunden en las percepciones y emociones humanas. Algunos buscan racionalidad donde impera la emoción, o ciencia donde lo que abunda son los desequilibrios psíquicos.

Según los muy rigurosos análisis empíricos del psicólogo norteamericano Philip Tetlock no hay peor análisis de la política que el que realizan los practicantes de ella, sus asesores y consejeros.

En un estudio realizado entre 1984 y 2003 (¡casi 20 años!), Tetlock analizó las predicciones de 284 expertos en política, provenientes de diversos países, a los cuales a medida que transcurría el tiempo les solicitaba opinión sobre toda una gama de asuntos públicos, nacionales e internacionales.

El resultado fue que quienes eran más populares, más mediáticos, más conocidos, eran quienes más se equivocaban.

Estos expertos son los que, siguiendo la terminología que tomara prestada Isaiah Berlin, en un ensayo de 1953 («El erizo y el zorro»), del poeta griego Arquíloco, son los llamados “erizos”: “saben mucho de una sola cosa, se afanan con devoción en el marco de una única tradición y formulan soluciones previsibles para problemas mal definidos”. Frente a ellos están los “zorros”: “saben poco de muchas cosas, beben de una variedad ecléctica de tradiciones, y aceptan la ambigüedad y la contradicción como aspectos inherentes de la vida”.

 

Los erizos simplifican la complejidad del mundo, reuniendo su rica diversidad en torno a una única idea; los zorros, por el contrario, son incapaces de reducir el mundo a una sola idea, y se mueven constantemente entre una gran variedad de ideas, conceptos y experiencias; no tienen temor en dudar. Quien duda escucha más. No permanece encerrado en sus prejuicios. Lo que es cierto es que quien no duda acierta menos, pero es más atractivo mediáticamente.

Para Berlin, ejemplos egregios de erizos serían Platón, Dante, Hegel, o Nietzsche, y los zorros están representados por Shakespeare, Erasmo de Rotterdam, Aristóteles, Goethe o James Joyce.

La mayoría de nosotros tiene algo (o mucho) de erizo (y viceversa, de zorro). Cuál rasgo caracterológico prevalece, eso ya es de cada quien.

Los hallazgos de Tetlock son fascinantes. De hecho, hablar de un “juicio político experto” es casi un oxímoron. Muchos expertos nadan en aguas fraudulentas, llenas  de deshonestidad intelectual.

Un dato neurológico: el cerebro humano siempre prefiere la certidumbre, debido a ello atraen las afirmaciones tajantes, y mientras menos complejas, mejor. El cerebro humano está más dispuesto a perdonar el error si quien lo comete le resulta atractivo.

A su manera muy propia el difunto Hugo Chávez, es un ejemplo perfecto de que la política no es simplemente análisis racional y científico. Él no buscó construir un movimiento político democrático, sino una secta de conversos.

¿Cuántos psiquiatras venezolanos por años no destacaron los rasgos sociópatas de Chávez, Maduro, Cabello y demás personajes que han liderado el “socialismo del siglo XXI”? Casi nadie, dentro del mundo de la política y sus expertos les ha hecho caso.

Un hecho curioso y alarmante: los actores de la política se han negado a aceptar que su conducta debe ser medida con los mismos raseros psicológicos que se usan con un ciudadano común. Nicolás Maduro, para ser conductor de autobús del Metro de Caracas, debió pasar –al menos en teoría- unas pruebas psicotécnicas y médicas. Para ser candidato a presidente del país no.

Desde Hitler, y Stalin, pasando por los Castro, hasta Chávez y Maduro ¿alguien ha visto algún rasgo de duda, de arrepentimiento, de culpa, en estos personajes de la política?

Mientras tanto ¿no era acaso Chávez, en sus comienzos en la política, adorado y adulado por la gran banca, por muchos amos del valle? Ellos creían que lo tenían bajo su control. ¿Y los medios de comunicación? Él era uno de sus personajes favoritos, porque jamás renunciarían al show que representa una opinión inconmovible, rotunda, firme, y mejor aún si viene con gritos, desprecios e insultos.

A fin de cuentas, como dice una famosa canción: “There’s no business like show business”.

El Venezolano/América 2.1

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