Opinión

¡Ay, Magdalena!

Detrás de todo este bochinche de equivocaciones opositoras, que al parecer va a hundir a una generación de líderes que en su juventud lucían diferentes, y han resultado ciertamente diferentes a sus antecesores, pero para peor, está la incapacidad manifiesta para el consenso entre demócratas. Como está ocurriendo en Chile, Colombia, España, Perú, buena parte de Centroamérica, etc.

Marcos Villasmil:

“Es indispensable, si queremos ser lo que decimos que somos, dejar de ser lo que venimos siendo”.

Nelson Chitty La Roche

 

No hay político con presencia real y recuerdo ciudadano que no tenga que tomar decisiones que lo marcan para toda su vida, sobre todo en lo ético. Momentos en que hay que levantar la conciencia, evitar tentaciones malsanas, recordar la importancia del bien general, y entonces mirarse al espejo, mirar los rostros de sus familiares, de sus correligionarios, y de la ciudadanía en general. Luego, con la frente alta, informar qué decisión se ha asumido.

Al respecto, históricamente hemos visto conductas diversas;  especialmente en el frente latinoamericano, en contraste claro con culturas políticas distintas a las de nuestro patio. El ejemplo más reciente nos acaba de llegar de Suecia, un país con una democracia que en muchos aspectos sirve de ejemplo, como el que pasamos a narrar.

Hace pocos días se produjo un acontecimiento histórico: por primera vez una mujer llegaba al frente del Gobierno de ese país. Magdalena Andersson, una economista  socialdemócrata de 54 años quien había sido Ministro de Finanzas desde 2014, fue electa primera ministra.

El asunto es que ella renunció siete horas después.

¿Por qué? Porque sorpresivamente unos socios de coalición, los verdes, decidieron no apoyar su propuesta de presupuesto, aprobándose entonces la de los rivales políticos, los conservadores. Dada la votación, Magdalena quedaba constitucionalmente obligada a implementar un proyecto de presupuesto en el cual ella no creía en absoluto. Ante esta enojosa e insólita situación, la señora Andersson decidió dirigirse al país, explicar lo sucedido, y anunciar su decisión de renunciar. Suecia posee un régimen parlamentario, y como en todos los países que se rigen por ese modelo político, es vital para poder desempeñarse en el Gobierno poseer la confianza de una mayoría legislativa.

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Unos datos centrales de sus declaraciones:

«Según la práctica constitucional, un gobierno de coalición debe renunciar cuando un partido se va», ha indicado Andersson en rueda de prensa, donde también ha asegurado que «tampoco» quiere encabezar un gobierno «donde se cuestiona» su «legitimidad».

«Para nosotros, la política no es solo un juego», ha remachado Andersson. Vale la pena mencionar que ella llega al poder cuando el primer ministro saliente, Steffan Lofven, anunció en agosto que se apartaría de la primera línea política para que su partido pudiese prepararse para las elecciones de septiembre de 2022.

Datos éticos cruciales, sin duda. El cuestionamiento de la legitimidad llevó a Magdalena a tomar la decisión de irse; pensar en el bien común partidista hizo que se pusiera a un lado el anterior primer ministro.

Políticos con MAYÚSCULA. Merecedores de respeto y consideración. No pasarán a la historia sueca como oportunistas o como soberbios ególatras.

Lamentablemente, en América Latina más de un político, leyendo la noticia, debe haberse muerto de risa, burlándose de “esos tontos”, que renuncian por cualquier pendejada. ¿Que no tengo la mayoría necesaria en el parlamento para aprobar el presupuesto? ¡Bobadas! Primero, cuántos votos necesito y luego vemos cómo satisfacer las necesidades de legisladores que me suministren la mayoría.  ¿Que el partido debe enfrentar elecciones el año que viene? Pues que se aguanten los rivales internos; si la constitución no me permite reelegirme, la cambio, y si no lo puedo hacer -o ya me he reelecto muchas veces- tengo a mi disposición a mi esposa, o a mi querida, o a algún oportuno reemplazante (modelo Alberto Fernández, por ejemplo) que representen “nuestros ideales partidistas y nacionales”.  

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No podemos obviar en este análisis el presente caso venezolano, en especial luego de lo ocurrido el 21N, donde no solo el régimen, sino también la oposición a Su Majestad Nicolás I quedó deslegitimada, revocada. Millones de venezolanos no nos sentimos representados por ninguno de los dos contrincantes.

El liderazgo opositor no solo implosiona y se divide como nunca, sino que como bien señalara el Consejo Superior de la Democracia Cristiana, los representantes de la oposición -tanto en México como los dirigentes partidistas en Caracas- no han explicado por qué razón se puso a un lado la política sostenida por el Presidente encargado Juan Guaidó y por la Asamblea  Nacional, y que está trazada por la ley del “Estatuto de la Transición a la democracia” aprobada el 5 de febrero de 2019 en dicha Asamblea Nacional.

Eso sí, la constancia -a la que que según Bolívar Dios le daba la victoria- opositora es ejemplar: la mano izquierda nunca se entera de lo que hace la mano derecha; bueno, sí se entera, por el mecanismo favorito de esta generación (anti) política: por las declaraciones públicas egolátricamente individuales de cada cacique (véanse las más recientes del Sr. Borges).

Detrás de todo este bochinche de equivocaciones opositoras, que al parecer va a hundir a una generación de líderes que en su juventud lucían diferentes, y han resultado ciertamente diferentes a sus antecesores, pero para peor, está la incapacidad manifiesta para el consenso entre demócratas. Como está ocurriendo en Chile, Colombia, España, Perú, buena parte de Centroamérica, etc.

La política cediendo ante las ambiciones de supuestos líderes; convirtiéndose así en antipolítica.

Al lado de buena parte de la actual clase política latinoamericana, nuestra muy sueca Magdalena es toda una estadista.

¡Ah! Y su muy ética renuncia fue premiada: cinco días después fue electa primera ministra de nuevo.-

El Venezolano/América 2.1

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