Testimonios

No es un país para santos antiguos

David Warren, ex editor de la revista Idler y columnista de periódicos canadienses:

Ahora parece haber sucedido hace mucho tiempo (cuando estaba decidiendo convertirme al catolicismo). Hubo una controversia sobre la Madre (ahora Santa) Teresa. Fue causada por Christopher Hitchens, quien me pareció más bien  controversial y, francamente, tratando de irritar. Para ese momento, yo nunca me había sentido irritado por un santo católico que estuviese vivo. (Aunque yo todavía era anglicano).

Me refiero, por supuesto, al libro de Hitchens, The Missionary Position, que apareció por primera vez en las listas de éxitos de ventas en 1995. Me lo dieron a revisar, en una oscura megalópolis canadiense (Toronto), porque se creía que yo sabía algo sobre la Madre Teresa. No mucho, ojo; pero, al menos más que el Sr. Hitchens.

Entonces, como ahora, también me gustaba alimentarme de sensaciones mediáticas. Es un defecto moral que he llegado a reconocer.

El punto más controversial que planteó el Sr. Hitchens no se refería a algo que la Madre Teresa hubiera hecho públicamente, puesto que, en cada caso, una explicación pronto habría oscurecido cualquier acusación. Así es como funcionan las controversias “mediáticas”. Uno no necesita negar por completo una acusación: puede considerar que ha hecho una defensa adecuada si, simplemente, enreda la cuestión.

Por ejemplo, ¿aceptó la santa monja fondos de hombres monstruosamente malvados? Muy bien. Pero está excusada porque no aplicó pruebas morales a los donantes. Llame a eso un empate.

En un aspecto, sin embargo, había cometido un error tan atroz, que no podía esperar perdón.

Podría imaginar que se me concediera la palabra en un debate, si la Madre Teresa hubiera estado usando ametralladoras y misiles, para liquidar a las monjas progresistas; pero no por fue por eso. La Madre fue acusada de no ser científica, y eso es mucho peor.

Se había graduado en escuelas de Albania e Irlanda, que aún aceptaban el compromiso católico con el servicio desinteresado y la creencia católica en la vida inmortal. Ahora, con más de ochenta años, no estaba dispuesta a abandonar estas cosas en favor de alguna ideología más de moda. Ella era, cándidamente hablando, heroicamente «anticuada».

Yo mismo lo había notado, en una conversación con ella. Decía cosas que, en la segunda mitad del siglo XX, uno no decía. Todavía hoy dudo en citarla, para no crear disturbios políticos y paroxismos de horror e incredulidad.

Al igual que el Papa actual, la Madre Teresa estaba comprometida a “acompañar” a las personas; pero, a diferencia de él, no en lo referente a pecados identificados desde antiguo, sino, más bien en dificultades personales, en su mayoría inocentes, como la enfermedad física. Tenía una vocación especial para los enfermos; pero aún más para los moribundos, y trataba de brindarles consuelo. Ella los encontraba y los sacaba de la calle.

En la India no había algo como las instalaciones de «Medicare» que tenemos y teníamos en Estados Unidos y Occidente. Según Hitchens, y en verdad, esta Santa no estaba invirtiendo cada dólar disponible en la última tecnología importada.

Ella administraba algunos medicamentos modestos para aliviar el dolor, en la tradición de todas las misiones médicas católicas, pero eran superficiales (según los estándares de medicare) y sorprendentemente económicos. Su noción de acompañamiento se hacía más evidente en la oración frecuente a Dios, por los pacientes, y dentro de su propia comunidad. Darwin y Einstein eran rara vez invocados.

Nuestro Señor —para Hitchens: el gran vacío, o nada, o cero– se entendía que estaba presente en el trabajo de las monjas. Esto estaba, para él, horriblemente anticuado respecto de las tendencias de los tiempos modernos.

Me llamó la atención que Hitchens presentara su caso más fuerte al exponer este «no modernismo». De hecho, mi observación  de miradas en blanco entre los jóvenes y los engreídos tendía a confirmar esto. Cierto, había una minoría considerable, particularmente de jóvenes mujeres encantadas, que quedaban impresionadas por la vida incondicional de Madre. Pero, entre lo que ya entonces llamaba yo “políticamente correcto”, el no ser “moderno” daba lugar al debate más cerrado.

Como la Santa iba más allá de la imaginación popular, los católicos anticuados y la mayoría de los demás cristianos podrían suponer que ella ganaría adeptos con ese comportamiento; pero, aunque ganaba algunos adeptos (entre los moribundos, por ejemplo), los tiempos habían cambiado. A finales del siglo XX, Occidente y el Oriente “progresista” habían sido vacunados contra la tentación de El Cristianismo.

El Nuevo Ateísmo tampoco había ganado, exactamente. En mi opinión, había prevalecido la Nueva Simpleza, en la que la mayoría ni acepta ni rechaza las creencias religiosas. No pueden ocuparse de eso. No tiene nada que ver con sus placeres, o con sus miedos.

Creo que este es el desafío a la fe católica, revelado ahora por la Batigripe. No ha acabado con los fieles y puede haberlos mejorado ligeramente en algunos rincones oscuros. En realidad, no ha hecho nada sorprendente en la vida de nuestra «mente», más allá de extender un poco más el reino de la desesperanza y la desesperación.

Más bien, ha expuesto la realidad de nuestra sociedad, en la forma en que las hormigas carpinteras exponen la estructura de una casa.

Cosas que alguna vez se apoyaron unas en otras —sin pensar y sin moverse, gracias a la fuerza de gravedad— ahora flotan en el espacio, por un momento, antes de colapsar. Cosas que ofrecían refugio —uno piensa en los techos de las terrazas— generalmente son las primeras en desaparecer.

Desafortunadamente, la reparación es y será verdaderamente imposible cuando no tengamos forma de descubrir los planos originales o los principios de ingeniería sobre los que se desarrollaron. Tendremos que adaptarnos, espiritualmente, en el futuro previsible, a estructuras transitorias y adosadas, como el tipo de frivolidades de «tercer mundo» que ahora vemos en Chicago y Roma.

Curiosamente, lo que más falta en los últimos arreglos posmodernos es ese antiguo elemento de fe, expresado en formas de bondad.

El papel de enfermera es fácilmente abandonado; y en los últimos bloqueos y decretos atribuibles a la Batigripe, fue notoria la rapidez con la que los ancianos e indefensos fueron abandonados a su suerte. A las familias se les prohibió visitarlos mientras agonizaban, y los sacerdotes se encontraban a menudo entre los desterrados, como molestias no científicas.

No es un país para santos antiguos.-

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de: https://www.thecatholicthing.org/2022/01/14/no-country-for-old-saints/

Sobre el Autor

David Warren es ex editor de la revista Idler, y columnista de periódicos canadienses. Tiene una amplia experiencia en el Cercano y Lejano Oriente. Su blog, Essays in Idleness, ahora se encuentra en: davidwarrenonline.com.

VIERNES 14 DE ENERO DE 2022

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