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Encuentros 9

En el siglo XV, con el descubrimiento, esta civilización occidental pasó a América en donde se enriqueció con el componente autóctono regional; siempre bajo la tutela del cristianismo

Nelson Martínez Rust:

 

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La civilización occidental” o “El mundo occidental” se fundamenta en tres grandes principios: Roma – el Derecho o el Orden -, Atenas – la Filosofía o la Sabiduría – y Jerusalén – la idea de un Dios personal o el Monoteísmo -. Todas estas realidades fueron asumidas y amalgamadas posteriormente por la aparición del Cristianismo. Así nació lo que hoy conocemos como “El Occidente” o “Cultura Occidental”.

Roma llegó a designar al “Mar Mediterráneo” con el apelativo de “Mare Nostrum”, indicando de esta manera el predominio de su poder a lo largo y ancho de todos los pueblos que lo circundaban. Igualmente se ha dicho, con sobrada razón, que Roma dominó militarmente a Grecia, pero que ésta colonizó a Roma mediante su filosofía y su cultura. En efecto, a lo largo y ancho del imperio, nunca se dejó de hablar el griego y la educación estaba dominada por el pensamiento helenístico – de manera especial el platonismo -. Era signo de elegancia hablar griego y conocer su pensamiento y sus poetas. El cristianismo hizo suya esta realidad y logró la solidificación de estas tres grandes corrientes al entrelazarlas. Muestra de esta labor eclesial educativa son Los Padres de la Iglesia con sus escritos que pretendían presentar el Evangelio en diálogo con el mundo greco-romano; y más tarde, la labor de los monjes cistercienses y benedictinos con su eslogan “Ora et Labora” – “Dios y Trabajo” -. Posteriormente, en el largo período que representó la Edad Media, el cristianismo tuvo la oportunidad de crear las universidades que florecieron al cobijo de las Iglesias Catedrales y, en general, fueron foco de civilización para los nuevos pueblos que se creaban al desaparecer el Medioevo. Toda esta unidad sufrió con el resquebrajamiento del cristianismo, primero del oriente y posteriormente con la Reforma luterana.

En el siglo XV, con el descubrimiento, esta civilización occidental pasó a América en donde se enriqueció con el componente autóctono regional; siempre bajo la tutela del cristianismo.

En nuestro tiempo se han levantado las voces, en primer lugar, de Juan Pablo II y posteriormente de Benedicto XVI, alertando a Europa de la necesidad de recurrir a la memoria histórica de su pasado con la finalidad de no olvidar de dónde viene y del aporte que puede brindar al mundo del segundo milenio. No faltan motivos para esta llamada a la toma de conciencia. En efecto, se pueden comprobar la existencia de fuerzas disgregadoras que acosan a nuestra civilización.

1º. Un mundo en constante cambio que supera la capacidad de asimilación. Después de la segunda guerra mundial el desarrollo tecnológico y científico, en sus diversas áreas, ha pasado de ser “progresión aritmética” a “geométrica”. Este desarrollo ha conducido a un conocimiento y análisis mucho más profundo de la naturaleza, tanto a nivel de lo macro como de lo pequeño. El conocimiento de toda la realidad material se ha reducido a un cálculo o ecuación matemática capaz de ser reproducida en los laboratorios. El hombre con su conocimiento se ha apoderado de la realidad circundante dominándola y conduciéndola a su libre y real entender, constituyéndose él en el artífice de la moralidad. Por consiguiente, ya no es necesario acudir a los dioses para explicar las realidades cambiantes de la naturaleza.

2º.  El nacimiento de una nueva antropología. Ante este conocimiento adquirido por el desarrollo científico y técnico surge la pregunta: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su relación con la creación? ¿Qué lugar ocupa en ella? No basta y ya no es posible afrontar estas interrogantes con respuestas de otro tiempo. Ciertamente que el ser humano ha ido paulatinamente dominando todo lo creado, dando cumplimiento al mandato del Génesis: “…y los bendijo Dios con estas palabras: “sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra” (1,28). Este dominio ha llevado al hombre a prescindir de un Dios personal en quien, en otro tiempo, buscaba el conocimiento y el apoyo necesario como respuesta a sus interrogantes, para asumir él la función de Dios. Se revive el drama del pecado original: la autosuficiencia del hombre (Gn 3,1-24).

3º.  Nacimiento de nuevas corrientes de pensamiento. Ante esta realidad nacen nuevas corrientes de pensamiento, entre las cuales podemos enumerar el existencialismo, el ateísmo en sus diversas formas y, quizás, la de mayor influencia el marxismo en sus diferentes variantes y aplicaciones. Todas estas corrientes unificadas bajo la denominación de El Relativismo.

Todas ellas tienen en común el deseo de brindar una explicación o respuesta a las preguntas antropológicas antes formuladas. Todas ofrecen un bienestar o la felicidad. Sin embargo, todas, sin excepción, no solo no proporcionan lo prometido, sino que finalizan por convertir al hombre en una miserable criatura.

¿Qué piensa la Iglesia? La Iglesia continúa insistiendo en la realidad de un Dios personal que se ha encarnado en la persona de Jesucristo y que nos invita, por medio de su Espíritu, a la participación en su vida trinitaria. La Iglesia ve con regocijo y celebra el desarrollo humano porque toda verdad conduce a La Verdad del Evangelio. A partir de esta realidad, se debe definir al hombre y su vocación a la Verdad y a la Vida, libre de toda ideología o tendencia reduccionista: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17,3)

 

Valencia. Enero 23; 2022

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