Lecturas recomendadas

 «Seguir a Jesús implica acoger una identidad»

Evangelio: Mateo 17, 1-9.

P, Alberto Reyes Pías, desde Cuba:

Para entender el Evangelio de la Transfiguración hay que remitirse a lo que ha sucedido seis días antes, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”, y Pedro le responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

 

Acto seguido, Jesús aclara que ese Mesías, ese Hijo de Dios, va a dar la vida, porque ha venido a servir, porque ha venido a amar sin límites, y eso implica pasar por la cruz, realidad a la que Pedro se opone tan vehementemente que Jesús lo llama “Satanás” y le dice que es piedra de tropiezo.

 

Seis días después, Jesús, que va camino a su pasión, muestra su gloria, y reafirma que tendrá que “resucitar de entre los muertos”.

 

Seguir a Jesús implica acoger una identidad, un modo de ser que concibe la vida en clave de amor a través de actitudes de servicio.

 

Es cierto que mantener un hogar lleva esfuerzo, es verdad que en esta vida hace falta el dinero, y que el dinero da acceso a bienes y a servicios, pero no es sano reducir al trabajo al fruto material. Todo trabajo, desde el que se hace en la casa hasta el que se realiza en una empresa, tienen como objetivo servir, ayudar, facilitar la vida.

 

Tal vez hemos tenido experiencia de personas que nos han atendido desde la desgana, la prisa, incluso desde la indiferencia; pero también hemos tenido la experiencia de personas que nos han atendido con solicitud, con interés, con deseos sinceros de ayudarnos a resolver lo que necesitamos.

 

Un discípulo de Cristo necesita crecer más y más en los mil y un modos de desplegar la vida en clave de servicio, empezando por casa, el sitio donde empieza el mundo, el primer sitio donde es necesario hacer más fácil la vida a otros, el primer sitio donde es necesario sonreír, descomplicarse, hacer fluir la existencia.

 

Andréi Rubliov fue un religioso y pintor medieval considerado como el más grande pintor de íconos de Rusia. Cuenta una anécdota de su vida que unos vándalos destruyeron una iglesia que había sido totalmente decorada por él, y que cuando entró en aquella iglesia en ruinas y vio sus íconos despedazados dijo: “Me he pasado la vida pintando para los hombres”. Fue un despertar, había pintado para agradar, para su gloria, para su fama, para su economía, no para Dios, no para ser instrumento del Espíritu, no para ayudar a otros a conectarse con Dios a través de su arte.

 

Quizá nosotros también podamos decir lo mismo: “Me he pasado la vida trabajando para ganar dinero, para agradar, para resolver cosas, para subir en la escala social, para sentirme seguro…, no para servir, no para hacer de este mundo un lugar mejor, no para convertirme día a día en una bendición…”

 

 Cuando en el seguimiento de Cristo se asume el servicio como el “para qué” de lo que hacemos, renacemos por dentro, nos volvemos bendición, y todo el que entra en contacto con nosotros experimenta lo mismo que sintió el apóstol Pedro: “Qué bien, qué bien se está aquí”.-

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