Lecturas recomendadas

Secularidad y Dignidad Infinita

 

Beatriz Briceño Picón:

Seguimos iluminando palabras. Y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe nos acaba de regalar un nuevo documento que nos ayuda especialmente en el empeño por aclarar la noción de secularidad, muchas veces extraviada en las voces secular, secularismo o secularización.

El lunes 8 de abril, los bautizados celebramos este año -de modo extraordinario – la Encarnación de Jesús; momento estelar para dar luz al uso de los términos dignidad humana y secularidad que desde el Concilio Vaticano II adquirieron una dimensión que algunos ignoran. Pero, puedo adelantar, que, si no entendemos la dignidad infinita del hombre, jamás podremos vivir la secularidad en toda su grandeza. Como también resulta muy difícil vivir a plenitud la secularidad si no reconocemos el peligro del clericalismo o el secularismo.

Esta semana encontré una persona católica, practicante y catequista, para quien el término secularidad es lo mismo que secular: estar en el mundo, no ser religioso y no distinguirse en nada de sus iguales.  Se encendieron mis alarmas. Por eso, cuando leí el nuevo documento sobre la dignidad infinita del ser humano hice un puente entre dignidad y secularidad porque sin duda ambas se ayudan y necesitan.

Volví al Concilio Vaticano II y a la Exhortación Apostólica Christi fidelis laici de San Juan Pablo II, donde se afirma que la Iglesia tiene una dimensión secular, inherente a su intima naturaleza y a su misión, que hunde su razón en el misterio del Verbo Encarnado.  Por eso podemos decir que la secularidad como nota que define al fiel laico no tiene tanto que ver con lo sociológico sino con lo teológico. No es que el fiel está en medio de las estructuras temporales, sino que la dignidad humana, elevada por el bautismo, comunica, junto a la vocación, una misión inseparable de la condición de hijos de Dios comprometidos en la realización de una historia trascendente.

La secularidad propia de los fieles corrientes tiene que estar siempre alineada con la redención y no con modas pasajeras. Si no es así, es que no se comprende la vocación bautismal al amor, que debe ir afirmándose con los años, la formación y las prácticas de la fe. Si el amor de Dios no crece en medio del mundo, perdemos libertad y de esa forma también se ensombrece la misión recibida.

He escuchado a algunas personas que dicen que la secularidad lleva a no diferenciarse de los demás de su entorno, bien en lo familiar como en lo social; en lo privado como en lo público. Es lamentable ese enfoque, porque justamente la secularidad, como nota distintiva del fiel corriente, tiene que ver con su misión en medio del mundo, empezando por su hogar. El que ha recibido, con el bautismo, la vocación cristiana asume la tarea apostólica no como algo superpuesto sino como el latir del corazón.

Si los fieles laicos no vibramos por el reconocimiento de la dignidad humana, nuestra secularidad está herida de muerte, igual ocurre con la preocupación por la justicia social, el respeto del cuerpo, el cuidado del hogar como el ámbito donde la persona se reconoce íntimamente, y donde se inicia el desarrollo de las virtudes cristianas.

Es interesante que los fieles laicos, todos los bautizados no clérigos ni religiosos, leamos la Declaración sobre la dignidad humana en clave de secularidad. Es decir, sintiendo nuestro compromiso vocacional y nuestra misión en cualquier ámbito de la sociedad. Nada nos puede ser ajeno y en cada lugar nos quiere Dios como fermento de vida redimida.

Estoy convencida que solo una fe asimilada puede ayudarnos a descubrir la belleza de la vida cristiana. Podemos encontrar pobres interpretaciones, errores personales, falta de grandeza en algunos, mezquindades y pequeñeces, pero reto a que alguien ofrezca una visión del mundo cargada de la esperanza que trajo el Hijo de Dios encarnado.

Justo es la secularidad, como modo de existir y vivir en un tiempo trascendente, donde Cristo es Señor de la historia, la que nos facilita el amor necesario para estar libres y unidos en ese esfuerzo continuo por defender la dignidad infinita de la persona.-

 

Beatriz Briceño Picón

Humanista y Periodista

 

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