Lecturas recomendadas

La Democracia Liberal Bien Vale Una Pelea

No todas las batallas se pueden ganar con lenguaje, argumentos, conferencias o diplomacia.

Anna Applebaum, redactora de The Atlantic:

De todas las declaraciones vacías e inútiles que periódicamente repiten los políticos occidentales, ninguna es más vacía y carente de sentido que esta: «No puede haber una solución militar para este conflicto». Eso fue lo que Ban Ki-moon, entonces secretario general de la ONU, dijo en 2013: «No hay una solución militar para el conflicto en Siria». John Kerry, entonces secretario de Estado, se hizo eco de esas mismas palabras: «No hay solución militar al conflicto en Siria», en muchas ocasiones, incluso en 2013 y nuevamente en 2015. Zalmay Khalilzad, el representante especial de Estados Unidos para Afganistán, dijo esto en agosto 3: “Creemos que no hay una solución militar” en Afganistán. «En última instancia, para que Afganistán tenga paz y estabilidad es necesario que haya un acuerdo político negociado». Incluso el primer ministro británico, Boris Johnson, repitió esto, solemnemente, en julio: «No hay un camino militar hacia la victoria para los talibanes».

La frase suena bien, pero no es verdadera. En muchos conflictos, probablemente en Siria y ciertamente en Afganistán, existe una solución militar: la guerra termina porque un bando gana. Un bando tiene mejores armas, mejor moral, más apoyo externo. Un bando tiene mejores generales, mejores soldados, más resistencia. O, a veces, un lado está más dispuesto a usar la violencia, la crueldad y el terror, y está más dispuesto a morir para infligir violencia, crueldad y terror a otras personas.

Los negociadores de paz, los expertos en prevención de conflictos, los funcionarios de la ONU, los funcionarios de la Unión Europea y una miríada de diplomáticos estadounidenses e internacionales no quieren creer que esto sea cierto, porque no refleja los valores del mundo en el que viven. No conocen a ningún combatiente talibán, militantes de Hezbollah o mercenarios rusos, y no pueden imaginar cómo es el mundo desde el punto de vista de estos. Pero los extremistas violentos, contrariamente a la imagen popular, pueden ser bastante racionales: pueden calcular exactamente lo que necesitan hacer para ganar una batalla o una guerra; que es precisamente lo que acaban de hacer los talibanes en Afganistán. Hubo una solución militar, y el grupo ha estado esperando durante mucho tiempo para lograrla. Ahora convertirá el extremismo violento de su movimiento en un estado violento, autocrático y tiránico.

La necesidad de prevenir que esto suceda en otros lugares, para evitar que extremistas violentos invadan lugares donde la gente preferiría vivir en paz y de acuerdo con el estado de derecho, es precisamente la razón por la que tenemos ejércitos, armas, agencias de inteligencia y espías. varios tipos, a pesar de todos los errores que cometen y las cosas feas que a veces hacen. La necesidad de evitar que los extremistas violentos creen estructuras como Al Qaeda, o regímenes rebeldes con armas nucleares, es precisamente la razón por la que los norteamericanos y los europeos se involucran en conflictos distantes y difíciles. Es por eso que Estados Unidos tiene bases militares en Alemania, Corea del Sur y Kuwait, entre otros lugares. Por eso persuadieron incluso a los holandeses para que establecieran una base en Afganistán, que visité en 2008 (y que aún entonces parecía bastante precaria). 

Ese también es el motivo por el cual existe el fenómeno del internacionalismo liberal, o «internacionalismo neoconservador» si no le gusta: Porque a veces solo las armas pueden evitar que los extremistas violentos tomen el poder. No obstante, muchas personas en el mundo democrático liberal, quizás la mayoría de las personas, no quieren creer esto. Durante mucho tiempo han encontrado estas herramientas demasiado desagradables o demasiado costosas. Al igual que Ban Ki-moon y sus muchos imitadores, a veces incluso quieren hacer creer que estas herramientas no son necesarias en absoluto, porque los conflictos se pueden resolver mediante «conversaciones», «diálogo» e «intercambio cultural». Quiern hacer creer que siempre hay soluciones pacíficas que de alguna manera no han sido consideradas, que siempre hay una respuesta no violenta que de alguna manera ha sido ignorada, y que la “solidaridad” con las mujeres de Afganistán, sin una presencia física que las respalde, es una idea que tiene sentido. «¡Aguanten hermanas!» escribió el economista griego Yanis Varoufakis, en un tuit que celebraba la caída del “imperialismo neoconservador liberal” e ilustraba, sin saberlo, cuán delirante se ha vuelto la izquierda pacifista. ¿Aguanten, hermanas? La caída de Kabul se burla de ese tipo de lenguaje y revela como tontos a quienes lo usan.

Muchos argumentarán, en los próximos días, que Afganistán no fue en verdad una derrota estadounidense o una derrota occidental; y en cierto sentido tienen razón. Estados Unidos no se rindió; perdió la paciencia y decidió irse. El exsecretario de Estado Mike Pompeo y el expresidente Donald Trump firmaron un acuerdo, anunciaron el retiro de las tropas y luego comenzaron a retirarlas. El presidente Joe Biden simplemente completó esa tarea. Pero las fotos de Kabul cuentan una historia diferente, una que no tiene que ver solo con las decisiones tomadas por Biden o Trump, o cualquier cosa que tenga que ver con la política estadounidense. El relato es el siguiente: una organización teocrática, misógina y militarista está destruyendo rápidamente cualquier elemento de la sociedad liberal que logró arraigar en Afganistán durante dos décadas de «imperialismo neoconservador». A las pocas horas de la victoria de los talibanes, se les dijo a las mujeres que no ingresaran a la Universidad de Herat; las fuerzas de los talibanes dispararon contra manifestantes pacíficos; y quienes trabajaron con estadounidenses o europeos, fuera lo que fuera en lo que hubieran trabajado, se escondieron o intentaron escapar. En las calles de Kabul, los hombres comenzaron apresuradamente a blanquear los carteles que mostraran rostros de mujeres, las cuales serán ahora desterradas a las sombras, una vez más.

Los eventos en Afganistán son parte de un relato mucho mayor, y lo ilustran con dolorosa claridad. Rara vez es tan clara la contienda entre sociedades «abiertas» y «cerradas», entre democracia y dictadura, entre libertad y autocracia; Rara vez la victoria de esta última sobre la primera ha sido tan rápida o tan completa. Un Hugo Chávez o un Vladimir Putin necesitan años para imponer un control represivo sobre su nación. Los talibanes podrían hacerlo en días o semanas.

Por esa razón, la caída de Kabul necesariamente hará que algunos aliados de Estados Unidos se pregunten si su propia sociedad liberal está segura. Ellos entienden por qué los estadounidenses estaban cansados ​​de Afganistán; tal vez sea cierto que el país era demasiado distante, demasiado extraño, para justificar una presencia continua, como ha dicho Biden tan enfáticamente. Pero, ¿qué países están lo suficientemente cerca, o son culturalmente similares, para confiar en el apoyo estadounidense por  largo tiempo? Ellos no están en guerra en este momento, pero aún así: si el ejército de los EE. UU. retirara, abruptamente, digamos, el apoyo aéreo y la logística, de Europa, , o de la península de Corea del Sur, entonces muchos países podrían verse repentinamente vulnerables a la agresión. Alemania no podría defenderse de un día para otro. Polonia tampoco. O Estonia. O Japón. Un enorme signo de interrogación pesa, por supuesto, sobre las islas de Taiwán. 

La caída de Kabul debería reenfocar a los estadounidenses —en la administración, en el Congreso, en el liderazgo de ambos partidos; pero, sobre todo, a los estadounidenses comunes y corrientes de todo el país— en las opciones que ahora están surgiendo rápidamente. Afganistán proporciona un recordatorio útil de que, si bien nosotros y nuestros aliados europeos podríamos estar cansados ​​de las “guerras eternas”, los talibanes no están cansados ​​en absoluto de las guerras. Los paquistaníes que los ayudaron tampoco están cansados ​​de las guerras. Tampoco lo están los regímenes ruso, chino e iraní; que esperan beneficiarse del cambio de poder en Afganistán; tampoco lo están al-Qaeda y los otros grupos que pueden volver a hacer de Afganistán su hogar en el futuro. Más concretamente, aunque nosotros no estemos  interesados ​​en ninguna de estas naciones y su política brutal, ellas sí están interesadas ​​en nosotros. Ellas ven a las sociedades ricas de América y Europa como obstáculos que deben ser quitadas de su camino. Para ellas, la democracia liberal no es una abstracción; es una ideología potente y peligrosa que amenaza su poder y que necesita ser derrotada dondequiera que exista; y, para ello,  desplegarán corrupción, propaganda e incluso violencia. Lo harán en Siria y Ucrania, y lo harán dentro de las fronteras de EE. UU., Reino Unido y la UE.

Podríamos no querer que nada de esto fuera cierto. Podríamos preferir un mundo diferente: uno en el que podamos mantenernos fuera del camino de ellas y ellas se mantengan fuera del nuestro. Pero ese no es el mundo en el que vivimos. En el mundo real, la batalla por defender la democracia liberal es a veces una batalla verdadera, una batalla militar, no meramente una batalla ideológica. No siempre se puede combatir con lenguaje, argumentos, conferencias o diplomacia, o mediante el despliegue de organizaciones de derechos humanos, declaraciones de la ONU y feroces declaraciones de preocupación por parte de la UE. Usted puede tratar de combatirlas de esa manera, claro está; pero usted perderá.-

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:

https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2021/08/liberal-democracy-worth-fight/619833/

Acerca de la autoraAnna Applebaum es redactora de The Atlantic, miembro del SNF Agora Institute de la Universidad Johns Hopkins y autora de Twilight of Democracy: The Seductive Lure of Authoritarianism.

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