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Notre Dame, Restauraciones et le Moi

 

Robert Royal:

Hace unos veinte años, por razones académicas y profesionales, solía ​​viajar a París con bastante frecuencia. No sé por cuánto tiempo, el interior de Notre Dame fue en ese entonces casi invisible, detrás de un desconcertante laberinto de andamios, conforme se restauraban varias partes del interior (todo eso, por supuesto, años antes del reciente incendio). Pero, aún así, visitaba la catedral siempre que estaba en París, porque era. . .Notre Dame de París.

 

Una noche, después de un día de trabajo, entré por un rato. La oración vespertina estaba en marcha cerca del altar principal. Me uní al grupo, unas veinte personas. Después, el sacerdote les pidió a todos que se quedaran todo el tiempo que quisieran, pero que fueran considerados con el personal, que quería cerrar pronto y regresar a casa con sus familias.

 

Todos parecían haber sido lugareños, porque se fueron de inmediato. Fue entonces cuando me di cuenta de que la totalidad de los andamios había desaparecido; y caminé lentamente de regreso, completamente solo y completamente encantado, a través de uno de los espacios sagrados más notables, recién restaurado, de todo el cristianismo.

 

No soy el único que ha tenido una experiencia tan inolvidable, que me cambió la vida allí. Durante las Vísperas en Notre Dame, el día de Navidad de 1886, el gran poeta moderno Paul Claudel, que era no creyente, dijo: «En un instante, mi corazón se conmovió y creí».

 

A pesar de toda su tumultuosa historia, desde la Revolución Francesa, Notre Dame sigue siendo, podría decirse, el corazón palpitante de Francia. Cuando Charles de Gaulle encabezó el desfile de la victoria, el 25 de agosto de 1944, por los Campos Elíseos, después de la liberación de París de los nazis, no se limitó a ir a algún edificio del gobierno. Bajó hasta Notre Dame, donde las tropas y los parisinos cantaron un Te Deum en agradecimiento a Dios.

 

Ese apego no es solo historia antigua. Después de la masacre de 2015, por terroristas islámicos, en el Teatro Bataclan y en otros lugares de París, la respuesta más unificadora fue la misa ofrecida en Notre Dame por el cardenal André Vingt-Trois, con la presencia de varios funcionarios públicos.

 

Notre Dame no es solo un icono francés. Éric Zemmour, un candidato serio a la presidencia en Francia (y un poco apasionado), ha criticado al actual presidente Emmanuel Macron por los planes para renovar Notre Dame con adiciones modernistas. «No ama a Francia», ha dicho Zemmour, un judío practicante. Pero las reacciones en todo el mundo, tanto al incendio de 2019, como a la noticia de una posible «destruc-renovación» de la catedral, son prueba de que algunos espacios sagrados cristianos todavía tienen importancia no solo para una nación, sino para el resto del mundo.

 

Ha habido varias reacciones, a favor y en contra, a la noticia de que el Ministerio de Cultura francés está planeando una restauración “interactiva” — algunos dicen Disney-ficación— del interior. Elizabeth Lev, que suele ser una guía confiable sobre cuestiones estéticas, ha escrito recientemente, que «Menos posiciones calientes, y respuestas más estudiadas, servirían mejor a la anciana iglesia». Tiene razón, en la medida en que Internet y las redes sociales han convertido prácticamente todo en alimento para guerras culturales. Sin embargo, queda por ver si el resultado será una renovación o un desastre.

 

Hay motivos para preocuparse.

 

Los restauradores han hablado de hacer de las nuevas configuraciones un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo —a favor de lo cual estoy, siempre que se hagan bien; porque, si bien es cierto que vivimos de un pasado inimaginablemente rico en la Iglesia, también vivimos en un presente que necesita urgentemente encontrar caminos para tomar posesión  de esa herencia.

 

Cuando León XIII pidió un estudio renovado de Tomás de Aquino, en su encíclica Aeterni patris, por ejemplo, no solo proponía un regreso al pasado, sino una fidelidad al tomismo que también fuere creativamente relevante para el presente.

 

Con un espíritu similar, Benedicto XVI —tratando con cuestiones difíciles de la liturgia— alentó el “enriquecimiento mutuo” entre la forma tradicional latina y la forma más nueva.

 

Ambas iniciativas tuvieron sus éxitos y sus fracasos. Los éxitos se derivaron de las verdaderas intenciones de fomentar una tradición. Por definición, una tradición es una transmisión, un proceso dinámico que pasa a la vida de las personas ahora; no, una mera herencia estática. Como dijo Jacques Maritain, probablemente el más grande de los neotomistas: “debemos demostrar que esa sabiduría es eternamente joven y siempre inventiva, e implica una necesidad fundamental, inherente a su propio ser, de crecer y renovarse a sí misma”.

 

El proceso, sin embargo, falla a menudo, porque las personas someten aquello que no puede cambiar en la tradición, al deseo de hacerlo «relevante para la gente de hoy». Este error ha llegado tan lejos en el mundo secular, que vemos segmentos enteros de nuestra sociedad asumiendo que las personas solo pueden aprender de personas que son como ellas, piensan como ellas, viven como ellas y —en el extremo de nuestras obsesiones actuales sobre la raza— simplemente, lucir como ellas.

 

Si uno reflexiona sobre esto, está claro que esta es una fórmula para la ignorancia centrada en uno mismo. Si uno solo quiere ser lo que ya es y que le enseñen lo que ya piensa, no hay un crecimiento real, no es posible un dinamismo auténtico. Uno está atrapado dentro de los límites del «Yo».

 

Este es el peligro que parece probable que corran las renovaciones de Notre Dame. Doce millones de personas al año visitaron Notre Dame antes del incendio de 2019. Cualquier otra cosa que se pudiera decir sobre el estado del interior en ese entonces —y algunas partes eran caóticas y necesitaban un reordenamiento— ciertamente, no alejó a las multitudes.

 

De hecho, es precisamente porque esos sitios son diferentes a ella, que la gente los visita. Lástima, de la pobre persona que va a Roma a comprar, o, a Japón, para ver la (ciertamente asombrosa) ciudad moderna. Uno no necesita salir de casa o cambiar de mentalidad, para eso. La razón por la que la gente visitaba Notre Dame, no era la de ver un reflejo de sí misma, sino algo Otro, profundo, poderoso.

 

Independientemente de lo que puedan hacer las restauraciones interiores en Notre Dame, si pierden eso —que en el fondo es el sentido sagrado de un pueblo que cree en Dios— pueden ganar un mundo, pero perder su alma.-

MIÉRCOLES 15 DE DICIEMBRE DE 2021
 
Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:

 

Sobre el Autor

Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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