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Chile

¿Por qué sociedades como la chilena, la peruana o la mexicana, que en los últimos decenios alcanzaron altos niveles de desarrollo y prosperidad, terminan por sucumbir al espejismo del populismo marxista?

Miles Sales:

En las últimas semanas han aparecido innumerables artículos que describen el avance del bolivarianismo foropaulista en América Latina y su contrapartida, el retroceso de la libertad y los derechos individuales en el continente. La democracia iliberal se ha impuesto ya en la mayoría de los países iberoamericanos y amenaza con proseguir su marcha triunfal en Brasil y Colombia.

Pero la sobreabundancia descriptiva termina por caer en la exégesis de lo obvio. En esos excelentes textos se echa de menos el análisis de causa/efecto.

¿Por qué sociedades como la chilena, la peruana o la mexicana, que en los últimos decenios alcanzaron altos niveles de desarrollo y prosperidad, terminan por sucumbir al espejismo del populismo marxista? ¿Cómo es posible que un ideario político, fracasado en todos los continentes y en las más diversas culturas, concite el sufragio mayoritario de poblaciones que votan libremente en comicios plurales?

El fenómeno es complejo. Soslayando (que es un gerundio muy grueso) los elementos específicos de cada país, hay tres factores que, a mi modo de ver, inciden en la tendencia.

1.       Ignorancia de la historia. Las nuevas generaciones, los menores de 50 años que en Chile votaron masivamente por Gabriel Boric, desconocen lo que ocurrió en su propio país hace medio siglo y, lo que es peor, tampoco quieren saberlo. La precaria victoria electoral de Allende, las acrobacias irresponsables de los democristianos, la catástrofe económica causada por las medidas socialistas, la penetración del espionaje cubano, la insurrección popular que desencadenó el golpe de Estado de Pinochet: todo ese complicado capítulo de la historia nacional queda reducido al esquema “los militares golpistas, con la ayuda de Estados Unidos, derrocaron un gobierno constitucional”.

El fenómeno no es nuevo ni es exclusivo de Chile. La corriente que propugna la “cancelación” del pasado en Estados Unidos o los podemitas que en España tratan de socavar el régimen constitucional de 1978, son manifestaciones similares del mismo problema. El adanismo juvenil cree que se puede abolir la Historia, hacer tabla rasa, empezar de cero y rehacer la sociedad y la economía en pocas semanas. Este empeño es posible, pero requiere un gran volumen de violencia y sus resultados suelen ser, cuando menos, decepcionantes. Pol Pot, los hermanos Castro y la dinastía Kim en Corea del Norte son los mejores exponentes de ese esfuerzo.

2.       Antiyanquismo/anticapitalismo. El resentimiento hacia Estados Unidos y el repudio de la política exterior de Washington sigue siendo uno de los rasgos definitorios de las sociedades latinoamericanas. En ningún otro lugar del mundo ha arraigado tanto el prejuicio de que “ellos son ricos porque nosotros somos pobres” y viceversa. Es, por supuesto, un silogismo marxista, derivado del esquema de “centro imperialista y periferia explotada”, urdido por Lenin y difundido luego por la propaganda soviética.

Como ya explicó brillantemente Carlos Rangel en su ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario, esa idea sirve para justificar el fracaso relativo de los pueblos hispanoamericanos en comparación con el éxito estadounidense. Hacia 1750, América Latina era una entidad unida bajo la Corona Española y poseía un grado de desarrollo económico y cultural muy superior al de las 13 Colonias díscolas que en breve se rebelarían contra Inglaterra. Dos siglos después, Estados Unidos era la primera potencia mundial y en Hispanoamérica había 21 repúblicas lastradas por la guerra civil y el subdesarrollo.

Y puesto que Washington es el máximo exponente del capitalismo mundial, resulta fácil identificar el repudio a Estados Unidos con el rechazo del sistema capitalista.    

3.       Expectativas descabelladas. A menudo, las corrientes del populismo latinoamericano se han alimentado, no de la pobreza y la opresión, como sostienen los teóricos marxistas, sino de expectativas descabelladas, suscitadas por una etapa de rápido crecimiento económico y aumento de la libertad política.

Así ocurrió en Argentina, tras el enriquecimiento propiciado por la Segunda Guerra Mundial, en Cuba, después del desarrollo experimentado en la década de 1950 y en Venezuela, a raíz del boom petrolero posterior a 1974. Los casos más recientes de Chile y México se ajustan bien a esta hipótesis.

Las exigencias desorbitadas de la ciudadanía facilitan el auge de los demagogos que ofrecen soluciones simples para problemas complejos y son capaces de prometer cualquier cosa, a sabiendas que no cumplirán su palabra. Y que cuando la cumplen, el resultado suele ser aún peor. En 1959, Fidel Castro prometió una reforma agraria, la reducción de los precios de la electricidad y el servicio telefónico, y la disminución de los alquileres urbanos. Cumplió sus promesas manu militari y, 63 años después, los cubanos todavía sufren las consecuencias de esas medidas.- 

Miguel Sales es expresidente de Unión Liberal Cubana. Reside en España.    

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