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«Almas en pena de Inisherin»: soledad, depresión y trascendencia

Analizamos la nueva película del cineasta Martin McDonagh, nominada a 9 Oscars

1923. Inisherin, una isla ficticia de Irlanda con paisajes exquisitos. Desde la costa más próxima se oyen los estruendos de la guerra civil. En medio de los trabajadores y de los habitantes del pueblo vemos a Pádraic (Colin Farrell), un hombre que camina feliz, un tipo ingenuo e ignorante que a veces roza la estupidez aunque no es tan tonto como sus paisanos creen.

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El hombre sale de la aldea y una escultura de la Virgen María parece vigilar sus pasos. Su felicidad va a extinguirse para el resto del filme.

Porque Pádraic llega a la casa de su mejor amigo, Colm (Brendan Gleeson), junto a la playa, y le anuncia que es hora de ir al pub. Pero Colm no responde. Pádraic se va solo a tomarse su pinta de cerveza sin entender esta extraña conducta.

A partir de entonces Colm le evitará: no quiere sentarse con él, no quiere charlar, no quiere que le dirija la palabra nunca más. Esta ruptura tan drástica de la amistad funcionará como leitmotiv para ir enredando a los personajes y mostrarlos cada vez más hostiles.

Presionado por Pádraic, por Siobhán (Kerry Condon), la hermana de aquel, e incluso por el sacerdote (David Pearse), Colm no sabe cómo zafarse de él. No tiene nada contra su antiguo compañero, pero lo encuentra aburrido, ve que los años pasan rápido y que su colega es un obstáculo para darle sentido a su vida: «Tengo la tremenda sensación de que se me va el tiempo», se lamenta. Porque Colm es violinista y compositor aficionado y quiere crear algo, dejar huella, saber que su paso por la Tierra ha valido la pena. Quiere, como todos, que alguien le recuerde en la posteridad. También busca silencio y paz en el corazón. Necesita trascender.

Lo que Pádraic y Siobhán intuyen (y el párroco sabe gracias a las confesiones de Colm en la iglesia) es que el violinista atraviesa una depresión. Eso implica soledad, desesperación e incluso una solución drástica: la amenaza de automutilarse si su antiguo colega sigue dirigiéndole la palabra, pese a que el sacerdote le recuerda que es un pecado.

Al verse excluido, Pádraic encuentra un poco de consuelo en Dominic (Barry Keoghan), a quien consideran el tonto local, pero que no es tan estúpido como parece y es el único, junto a la hermana de Pádraic, que conserva algo de cordura.

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Simbología católica y folclórica

Martin McDonagh, el director y guionista de esta pequeña pero gran película, se sirve una vez más de su mezcla de drama y humor negro para analizar las relaciones tensas de unos cuantos personajes metidos en un espacio cerrado y agobiante, como ya hiciera en las maravillosas «Escondidos en Brujas» y «Tres anuncios en las afueras», y un poco menos en su segunda película, «Siete psicópatas».

Esta vez ambienta la historia en el territorio de sus raíces: sus padres eran católicos irlandeses. Por ese motivo en el guión abundan los iconos católicos y las leyendas del folclore local. En numerosos planos del filme se divisan cruces (de la iglesia, de las tumbas, la cruz celta que preside el puerto), los protagonistas acuden con fidelidad a misa, vemos a Colm confesarse con el sacerdote aunque siempre acaben discutiendo, y la mencionada escultura de una Virgen en el cruce de caminos parece observar siempre los pasos de sus habitantes.

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Como también los observa de continuo la señora McCormick, una siniestra anciana que vive fuera del pueblo, fuma en pipa y aparece cuando menos se lo esperan. La mujer incluso predice que habrá alguna muerte, y que tendrá que rezar al Señor para que ninguno de los muertos sea Pádraic ni Siobhán. Su personaje es una de las «banshees» del título original («The Banshees of Inisherin»), espíritus femeninos que provienen del otro mundo y anuncian defunciones.

Entre los numerosos temas que McDonagh explora, encontramos la superioridad moral de la que a veces alardean quienes se consideran intelectuales para ridiculizar a quienes son ignorantes.

Pádraic no entiende de músicos ni conoce el significado de muchas palabras, pero sabe lo que es la amabilidad, y dice que siempre recordará a su madre porque era amable. Es la sabiduría de los inocentes, de las almas sencillas, a las que les importa sólo una cosa: el valor humano.

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Otro gran tema del filme es la rivalidad fraternal. El antagonismo de los dos amigos es, como comprobamos al final, una alegoría de la guerra civil irlandesa que se libra en la costa de enfrente. Sabemos que han cometido errores y que quizá ya no haya redención para ellos. «Almas en pena de Inisherin» tiene un reparto extraordinario y está nominada a 9 Oscars. Se merece unos cuantos, sin duda. –

José Ángel Barrueco – publicado el 07/02/23-Aleteia.org

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