Centenario de Ana Teresa Castillo Lara
De cada casa, de cada lugar donde vivió y de cada institución donde trabajó se llevó amistades perdurables que en sus años dorados la llenaban de alegría y amables presencias

Horacio Biord Castillo:
Ana Teresa Castillo Lara nació en San Casimiro de Güiripa, en el estado Aragua, el 9 de diciembre de 1925, hija de Rosalio de los Reyes Castillo Hernández y Guillermina Lara Peña. Fue la sexta de sus hermanos y la primera hembra. Cinco varones la precedían (Manuel, Lucas, Rosalio y los morochos José Antonio y José Rafael). Sería llamada por sus hermanos «la Nena». Vivió su niñez en la casa de Güiripa, construida por sus abuelos Manuel Castillo Arteaga y Ana Dolores Hernández Pérez. El ambiente rural y bucólico de la pequeña aldea llenó su infancia de austera plenitud y de muchos sueños y asimismo llenaría luego su vida hasta el final de recuerdos y evocaciones.
Las vivencias de la Nena con los varones la hizo partícipe de aventuras poco delicadas para una niña de la época, lo que luego facilitaría su adaptación a actividades de campo, a las que era tan aficionado su esposo. Poco antes de cumplir tres años participó en el viaje familiar a Coro, un acontecimiento recordado por décadas en la memoria de la familia. Se realizó con motivo del congreso mariano que su tío, monseñor Lucas Guillermo Castillo Hernández, obispo de Coro, organizó en 1928 en esa ciudad.
Junto a sus hermanos y niños vecinos recibió clases de iniciación a la lectura, la escritura y las matemáticas, así como nociones de geografía e historia y el catecismo. Las impartía a diario su madre en los corredores de la casona güiripeña, pero con disciplina y estrictos horarios de estudio. Gracias a ello, los niños avanzaban y podían ingresar en la escolaridad formal ya en tercer grado. Ana Teresa fue enviada en 1938 al Colegio María Auxiliadora de Los Teques, donde concluyó el sexto grado en 1942. Ese año pasó a Caracas, a una casa alquilada, donde vivió con sus hermanos ya estudiantes universitarios y algunas personas de servicio.
En Caracas, entre 1942 y 1944, siguió las clases de la afamada cocinera argentina doña Petrona Carrizo de Gandulfo, autora de la célebre obra El libro de doña Petrona (1933). Estas clases, unidas las enseñanzas de los padres y cocineras de la casa y luego de su esposo, y por supuesto a su propia inclinación personal, hicieron de ella una gran y experta cocinera, autora de platillos excepcionales y conocedora de técnicas culinarias avanzadas y efectivas. En los últimos años, para consentir a nietos y resobrinos hizo deliciosos bombones y mazapanes y otros dulces y postres.
En 1944, junto a Ana Lola, su hermana menor, quien ya había concluido ese año su sexto grado en el mismo Colegio María Auxiliadora, empezó a estudiar la normal en el Patronato San José de Tarbes, regentado por las hermanas de la congregación homónima de origen francés. Luego sería profesora y subdirectora de la institución, donde también trabajaría su hermana como profesora de historia y secretaria. Su carrera docente fue larga y la cumplió en diversos planteles, incluso de noche en la modalidad de educación para adultos. De cada colegio guardaba recuerdos especiales, como de uno cuyo director solía consumir mucho alcohol. Un día llegó una supervisora y lo encontró totalmente ebrio y las maestras tuvieron que disimular y retardar el encuentro.
De igual manera, junto a su hermana, le tocó vivir en una escuela el terrible suceso del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, a la sazón presidente de la junta militar de gobierno, el 13 de noviembre de 1950. La orden de la dirección era mantener la calma, no informar de lo ocurrido a los niños para evitar preocupaciones innecesarias y retrasar la salida hasta que hubiera condiciones para transitar por la conmocionada ciudad.
En 1953 se casó con Tadeo Hernández Pérez, egresado como sus cuñados Castillo Lara del Liceo San José de Los Teques y luego de la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York, EE.UU.), con quien formaría una familia enriquecida con la presencia perpetuadora de Teresita (1961) y Francisco Ramón (1966). Su primera casa fue la quinta “Ana Teresa” en la urbanización La Carlota en Caracas. Con Tadeo, antes de que llegaran los hijos a alegrar la casa e iluminar sus vidas con proyectos de porvenir, recorrió muchos lugares de Venezuela, en especial en la costa y el alto y bajo Llano, casi siempre en actividades de pesca deportiva.

En 1958 se mudaron a Macuto. Allí, primero en una casa muy cerca del mar, y luego en la Urbanización El Palmar Este (en la quinta “Cumbancha Jicha”) vivieron hasta 1969, cuando se trasladaron a Guacara (estado Carabobo). En Caraballeda Ana Teresa trabajó en el colegio de la Merced y luego en la entonces recién abierta escuela de Fe y Alegría, de la que fue directora. En Valencia trabajó en el Instituto Santa Cruz, cuya subdirección ejerció varios años. De su etapa valenciana se debe destacar la pintura sobre porcelana. Se había iniciado en la pintura al óleo en el colegio María Auxiliadora de Los Teques. Luego recibió y, sobre todo, dio muchas clases de pintura sobre porcelana. Diversas motivos ornaban sus piezas, principalmente frutas y flores. Sin duda, sus rosas alcanzaron una maestría exquisita.
Sus hijos le dieron varios nietos. Teresita se casó en 1982 con Carlos Barrios Carvajal y tuvieron dos hijas: Carla y Mariana. Teresita falleció tempranamente en 1985 a los 23 años, lo cual constituyó un inmenso dolor para toda la familia. Ana Teresa y Tadeo lo sobrellevaron con gran estoicismo y esperanza cristiana. Francisco se casaría en 2001 con Gladys Arellano Mayz y tuvieron tres hijos: Matías, Camila Teresa y Lucía Isabel. Sus nietas mayores la apodaron Lela y así se quedó para todos.
Tadeo falleció en 1996 y Ana Teresa nuevamente enfrentó el dolor de una pérdida significativa. Pocos meses después se mudó a San Antonio de Los Altos, para estar cerca de su hermana; pero nuevamente los planes divinos eran otros. Ana Lola falleció en 1999. A partir de entonces, Ana Teresa se convirtió en el punto de unión y convergencia de la familia. Era la heredera de los platillos y sabores de la tradición familiar, de las historias de los parientes más antiguas, consejera y amiga, su trato con la familia se constituyó en un deleite permanente.
De cada casa, de cada lugar donde vivió y de cada institución donde trabajó se llevó amistades perdurables que en sus años dorados la llenaban de alegría y amables presencias. Es de destacar que también en sus últimos años se dedicó a aprender fundamentos de computación para utilizar las modernas tecnologías para comunicarse con su hijos y todos sus nietos, con parientes y amigos.
En San Antonio vivió años de tranquilidad como de cercanía de su familia y de proximidad a la familia política de su hermana, los Biord Rodríguez. San Antonio era para ella un lugar especial desde su juventud. Solía visitarlo con los Poján, amigos entrañables de la familia, y luego con su esposo acarició el sueño de tener una casa allí, mucho antes de que su hermana se casara con un sanantoñero, Horacio Biord Rodríguez. San Antonio era, pues, una meta elegida por su corazón para elevarse y cubrirnos como brisa y niebla de montaña.
Ana Teresa Castillo Lara murió en Caracas el 9 de septiembre de 2019 y sus cenizas se guardan en la iglesia parroquial de San Antonio de los Altos. Era mi tía y madrina de confirmación. Mis hijos, al morir mi mamá, la adoptaron como una abuela.
Que en paz descanse quien tantos momentos gratos sembró, como jazmines eternos, en nuestras vidas.-
San Antonio de Los Altos, diciembre 09, 2025
Horacio Biord Castillo
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