Lecturas recomendadas

La guerra en Ucrania y la Iglesia. De Marco: “La verdadera paz exige la justicia”

Los “pacificadores”, frente a la historia de los pueblos, no pueden esconderse detrás del velo de su horror al odio y al derramamiento de sangre


Interesantísimo intercambio que plantea temas de ineludible complejidad y actualidad.

(s.m.) Recibo y publico. El autor de la carta, Pietro De Marco, es profesor de Sociología de la Religión en la Universidad de Florencia y en la Facultad Teológica de Italia Central.

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Estimado Magister,

Le ruego su disponibilidad para algunas reflexiones sobre la guerra en curso en Ucrania. El horizonte de las noticias y la propia distribución de las crónicas y reflexiones en las páginas de los medios de comunicación indican una duplicidad, en realidad una distonía. Por un lado, está el conflicto, con sus hechos: las acciones bélicas y las decisiones políticas sobre el presente y el futuro de todo el espacio europeo. Por otro lado, las manifestaciones, las oraciones, las declaraciones morales y políticas por la paz. Manifestaciones y oraciones que, en realidad, mencionan la guerra, pero sin tocarla ni mirarla como tal; las miradas se dirigen a los que sufren, a los migrantes, a la paz.

La doble vía sería una complementariedad inmejorable si en los compasivos o en los buscadores de la paz hubiera también un ejercicio racional sobre el conflicto, una instancia de juicio sobre los méritos, y finalmente una postura no dualista entre el bien y el mal.

Decir: “Está la guerra, viva la paz” equivale, me parece, a moverse dentro una exclusiva “racionalidad según el valor”, ignorando la necesaria “racionalidad según la finalidad”. Debido a esta indiferencia a los resultados que no son absolutos (la paz floreciente), se puede escuchar de todo en las plazas, hasta la ausencia de cualquier juicio o el vibrante “cualquier cosa con tal de dejar de luchar”. Y también hay demasiado juego. Hay jóvenes, pero también adultos, mujeres y hombres, que parecen vivir en las comedias de Aristófanes (“Demasiadas hormonas en este asunto”, oímos proclamar en la televisión, “si hubiera mujeres en el poder…”) en lugar de meditar sobre Heródoto.

Ahora los “pacificadores”, frente a la historia de los pueblos, no pueden esconderse detrás del velo de su horror al odio y al derramamiento de sangre, ni siquiera bajo el de una caridad que se desentiende de todo. En este orden de realidad que es el conflicto en curso, debe dominar la virtud menos gratificante de la justicia. Menos gratificante porque la justicia, en las relaciones entre los pueblos, si se da, debe ser justiciera: su sentencia deberá tener consecuencias. Y éstas serán, o más bien ya lo son, coherentes con la mecánica de la guerra, ya que se refieren a ella: armas y medios suministrados a la parte más débil para luchar, sanciones al agresor para herirlo en varios niveles y ciertamente crear sufrimiento, amenazas simétricas para intimidar. Con el inevitable final de sucumbir (o ceder terreno con daños) de una de las partes.

Si las palabras de paz no ven esta concatenación de hechos necesarios, dirigidos en forma realista a detener el conflicto, si las consideran un mal no digno de examen “iuxta propria principia”, están condenadas a ser abstractas. Y esas palabras, tan autocomplacientes, serán picoteadas por los gorriones.

No es la guerra en general, sino esta o esa guerra el lugar preciso de la decisión. La oración, la más intensa y teológicamente consciente, es necesaria y sin duda agradable a Dios, pero entra dentro del insondable designio de su voluntad. ¿O, como Iglesia, estamos tentados a tomar la oración como una “estratagema” para no tomar posición y no actuar en y sobre esta guerra? No caeríamos en esta tentación si hubiéramos conservado la capacidad de pensar los acontecimientos en términos de una teología de la historia. En cambio, las teologías dominantes son antitéticas a Pablo, hostiles a Agustín, y se burlarían de Bossuet o de Maistre. Coquetean con las filosofías, pero son ajenas a la herética pero altísima teología de la historia de Hegel. Piensan en pequeño o utópicamente, y la utopía es el producto en forma de fábula de la ética del sentimiento.

¿Adónde quiero llegar? “La guerra es un acto de fuerza para someter al adversario a nuestra voluntad”, según una de las conocidas definiciones de Clausewitz. Apartar el discernimiento cristiano de la guerra como tal, eludir con un no el examen atento de un acontecimiento que irá mucho más allá de los males y sufrimientos de hoy, no sólo es un error. Es evadir una responsabilidad.

Nada exonera a la Iglesia de esta responsabilidad. La Santa Sede, que es un poder espiritual, sí, pero aun así poder, se ha puesto en movimiento hasta hoy en forma tímida, como suspendida entre la oración -con el Papa admirable pero activo como individuo, no como cumbre humana de la Iglesia- y la acción, la de los demás. He vivido, muy atentamente, los lejanos años de la acción política internacional de Giorgio La Pira (crisis de Cuba, Vietnam), quizás carente de grandes resultados, pero portador de razón, de análisis, capaz de influir.

Sabemos que las célebres “divisiones del Papa” son solamente el pueblo católico mundial. Ahora bien, ofrecer una sede de encuentro y tratativas en el Vaticano no es sublimar el conflicto ucraniano en un lugar místico. La Santa Sede mediará sólo si tiene la fuerza y el prestigio; por ejemplo, si en el juego de las fuerzas morales, religiosas y políticas mundiales ella podrá decir: la Iglesia católica, en acuerdo o no con las Iglesias ortodoxas, no puede aceptar ni pensar en someterse a la prueba de poder en curso, que niega deliberadamente y según un proyecto claro las libertades decisivas, los grandes espacios de nueva determinación obtenidos por el mundo y por todas las Iglesias con el derrumbe de la URSS. El derrumbe del sistema soviético fue querido por sus mismos pueblos, y es en cierto modo un bien histórico-mundial que uno querría que fuese irreversible.

La Iglesia católica, como Santa Sede, tiene el poder, si es necesario, de obligar en conciencia a los católicos a no ofrecer ninguna coartada ni margen de maniobra (moral, ideológica, política) al proyecto de una Rusia neo-imperial, acabando así, también, con las insensatas posiciones católicas pro-Putin nuevo Constantino. Dicho esto, ella tiene la intención de ayudar con todas sus energías como experta en humanidad, como hermana de las Iglesias ortodoxas, en las negociaciones de paz sobre una cuestión circunscrita (garantías, posible corrección de las fronteras) y no retroactiva desde el punto de vista político y religioso (no un retorno de grandes áreas de Europa bajo la arbitrariedad de un autócrata).

No hay rastro de esta, o similar, decisión por parte de la Santa Sede. Debemos esperar que la dificultad que Roma ha mostrado hasta ahora para elevar sus pronunciamientos al nivel de la estatura internacional de la Iglesia católica se deba a la cautela de un reconocimiento serio, y no a la constatación de que entretanto ha disuelto su ejército moral mundial y ha jubilado a sus propios cuerpos elegidos, aquéllos capaces de juzgar la realidad. Entre ellas, la Compañía de Jesús destacó en su día. La historia prescindirá de ellos.

Pietro De Marco

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(s.m.) Dos pequeñas notas sobre la acción de la Iglesia en esta guerra. La primera tiene que ver con el haber desplazado, en Rusia, la palabra “guerra”, para sustituirla por “operación militar”. En el Ángelus del domingo 6 de marzo, el papa Francisco reaccionó explícitamente a esto: “No se trata sólo de una operación militar, sino de una guerra, que siembra muerte, destrucción y miseria”. Con la nota marginal de Andrea Tornielli, director editorial del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede, que en la portada de «L’Osservatore Romano» escribió que “el papa Francisco ha desmentido las ‘fake news’ que querrían presentar lo que está ocurriendo con subterfugios verbales para enmascarar la cruel realidad de los hechos”.

Pero basta con retroceder unos días para ver que la propia Santa Sede había recurrido a este “subterfugio verbal” en su primera declaración oficial -emitida el 24 de febrero por el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin- después de la agresión rusa, o, como se lee en el documento, “después del inicio de las operaciones militares rusas en territorio ucraniano”.

La segunda nota se refiere a la propuesta de la Comunidad de San Egidio y, en particular, de su fundador Andrea Riccardi, de hacer de Kiev una “ciudad abierta”. La intención declarada es de “alejarla del enfrentamiento armado, de la lucha casa por casa, calle por calle”. Porque “Kiev es la Jerusalén de la ortodoxia rusa y, por tanto, de la ortodoxia bielorrusa, rusa y ucraniana. No debe convertirse en Alepo”.

Pero pocos saben que, técnicamente, una “ciudad abierta” es la ciudad que, por acuerdo explícito de las partes en conflicto, puede ser ocupada por el enemigo, en este caso Rusia, sin que se le oponga resistencia.-

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